No he visto esta película, pero un amigo mío del que ya publiqué una reseña, me ha pasado esta otra crítica. La pongo, porque me parece una película sugerente.

Rizvan Khan (Shahrukh Khan) (“Jhan”, con la epiglotis) es un musulmán afectado por el síndrome de Asperger (un tipo de autismo) que busca al presidente de los Estados Unidos para darle un peculiar mensaje. La razón de este mensaje sólo es comprendida por el espectador al ir conociendo poco a poco su historia, relatada por él mismo. Su infancia y la estrecha relación con su madre, que le enseña cuál es la única diferencia entre las personas, más allá de su religión, raza o pensamiento; y su posterior vida en la gran América, donde conoce a una bella chica hindú de la cual se enamora, Mandira (Kajol). Mandira es una madre soltera que rápidamente es cautivada por la sencillez y la bondad natural del joven autista. Y así, se casan y viven felices hasta que un hecho aislado, impredecible e inhumano marca el 11 de septiembre de 2001 como el día en el que los musulmanes pasan a ser todos iguales.

La película contiene secuencias altamente emotivas, y las curiosas acciones del protagonista, marcadas por un altruismo y un corazón humano enorme, logran arrancar más de una sonrisa al espectador.

Es difícil adivinar que se trata de una producción de Bollywood. De hecho, si no fuera por las canciones características que conforman la banda sonora y porque ya se nos avisa de la procedencia india del film en la cubierta del mismo, yo no lo habría dicho nunca. La luminosidad y los colores son sencillamente excelentes, y las interpretaciones me han parecido magníficas.

Mi nombre es Khan es una película que invita a la tolerancia religiosa y a la comprensión entre las personas. En cierto modo, la espontaneidad del protagonista a la hora de decidir hacer el bien a favor de los demás hace que el espectador se pregunte cómo anda él en generosidad. Para los creyentes, servirá la película también para contrastar la fe propia con la del protagonista, y puede que ciertos esquemas mentales en lo referente al Islam o los musulmanes se vean rotos estrepitosamente. Y es que ante esta película, cualquier posible fanatismo, ya sea musulmán, católico o ateo, se resquebraja por su propio patetismo.

Especialmente sugestivas me han parecido la escena en la que Khan explica la verdadera historia de Abraham a un fanático musulmán y la casi instantánea secuencia de un grupo de musulmanes llevando a cuestas un poste de teléfono caído con ¡forma de cruz!

A pesar de la duración un tanto excesiva –algo más de dos horas de metraje–, la película es sinceramente recomendable.

(Apolión)

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