Hay algo que me ha llamado mucho la atención, en esta nueva película de los hermanos Dardenne. Su música. O mejor: su casi ausencia de música. Tan solo una sinfonía de Beethoven, incoada varias veces, y solamente seguida y terminada al final de la película, cuando acaba la historia. Como si los dos hermanos franceses quisieran decir: “aún no toca; aún se puede contar más y podemos hallar un final feliz”. O no: porque El niño de la bicicleta habla de nuestra vida: de la de hoy y de la civilización que nos rodea: en la que hemos caído o hemos provocado…

Cyril (Thomas Doret, en un papel debutante muy bien llevado a la pantalla) es un chico de doce años, abandonado por su padre en un orfanato, en principio temporalmente. En principio: el padre se ha ido. No es capaz de mantener a su hijo, y se va. Quiere emprender una nueva vida, sin el niño, que insiste en llamarle y en contactar con él: como sea, incluso escapándose, si es necesario. En una de estas escapadas, se cruza por su camino Samantha (Cécile de France), una peluquera de la zona que, viendo la situación, decide adoptar a Cyril los fines de semana.

Empieza entonces una nueva vida: Cyril va acogiendo el amor tan necesitado de una madre, y ella -soltera- va aprendiendo que tener un hijo no es coser y cantar y que hay que aprender a elegir el amor correcto. En un viaje. Interior: el de los dos personajes, sobretodo el del chaval que, como una especie de David Copperfield, descubre mundo y se adentra, incluso, en el mundo de los pequeños -y no tan pequeños- pillajes callejeros.

Los hermanos Dardenne muestran la realidad, tal cual es: dura. Pero, en esta su nueva película, parecen estar convencidos de que el optimismo es posible. Lo importante es, como han llegado a decir ellos mismos, el saber darse y recibir al / del otro. Es lo que muestran. En una historia donde el reconocimiento de uno mismo -de sus faltas y errores- es tan importante como el perdonar y el ser perdonados. Un cuento que mereció el Gran Premio del Jurado en Cannes 2011.

Como una nueva historia dickensiana. Moderna. Cyril descubre el mal y el bien. Y la libertad que tenemos para inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro. Pero también está presente la responsabilidad: esa cara de la misma moneda que a menudo olvidamos… De hecho, recuerdo aquello que me contaron que decía Viktor Frankl, en una conferencia en una ciudad de los Estados Unidos: veo que tenéis una estatua a la libertad. Una gran cosa… Me parece que faltaría otra, al otro lado del país, a la responsabilidad. Habrá que pensarlo…

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