Es muy fácil hacer generalidades, y el cine se presta bastante a ello: “el mundo, cinematográficamente hablando, se divide en dos: Hollywod y el resto”. Algo muy manido, pero por desgracia -a veces sin darnos cuenta-, está en boca de muchos. De hecho, “el resto” es muy grande y, a menudo, muy diverso. Ni mejor, ni peor: de todo hay en la viña del Señor… Tanto americano, como europeo o asiático. El problema es que ese cine suele quedarse “en casa”.
No obstante algunos países como Francia -muy recelosa de lo suyo-, han sabido exportar obras cinematográficas de las buenas allende sus fronteras. Hace tres años el país galo lo hizo con la comedia Bienvenidos al norte (tanto gustó, que se acaba de estrenar un remake a la italiana), y hoy lo hace esta gran película coral, De dioses y hombres, dirigida por Xavier Beauvois.


Dicen que la música es el arte más sublime; y uno, después de ver esta película no puede menos que corroborarlo. Él es un hombre que se fue a vivir a Dublín para estar con su padre quien, solo, regentaba un puesto donde arreglan aspiradoras. Además, en su tiempo libre va por Grafton Street, la calle peatonal más emblemática de esta ciudad, cantando y tocando su guitarra destartalada. Ella, inmigrante checa, una chica de en torno los veinte años que, con trabajos temporales, da de comer a su hija y a su madre… y a algunos vecinos que entran a su casa tan solo para ver “la única tele que hay en el vecindario”… Ella toca muy bien el piano –su padre le enseñó–, y todos los días, en una tienda de instrumentos musicales, puede satisfacer este su deseo durante una hora. La música hace que los dos vayan conociéndose y a través de las canciones van descubriendo –descubrimos– su alma. De hecho, toda la película gira en torno estas canciones…








