Dicen que la música es el arte más sublime; y uno, después de ver esta película no puede menos que corroborarlo. Él es un hombre que se fue a vivir a Dublín para estar con su padre quien, solo, regentaba un puesto donde arreglan aspiradoras. Además, en su tiempo libre va por Grafton Street, la calle peatonal más emblemática de esta ciudad, cantando y tocando su guitarra destartalada. Ella, inmigrante checa, una chica de en torno los veinte años que, con trabajos temporales, da de comer a su hija y a su madre… y a algunos vecinos que entran a su casa tan solo para ver “la única tele que hay en el vecindario”… Ella toca muy bien el piano –su padre le enseñó–, y todos los días, en una tienda de instrumentos musicales, puede satisfacer este su deseo durante una hora. La música hace que los dos vayan conociéndose y a través de las canciones van descubriendo –descubrimos– su alma. De hecho, toda la película gira en torno estas canciones…

Podría ser una historia de amor, y lo es; pero de amor de amistad. Conociéndose, se dan cuenta de que su amor lo dejaron atrás y ése es el que tienen que recuperar. El amor es fiel y se da una sola vez (“once”). No puede vivir de mentiras. Por eso, ella llamará a su marido para que vuelva, aunque su mente embotada no entienda sus canciones; y él volverá con aquella que siempre había amado.

Once puede verse como una excusa para hacer un videoclip sobre unas canciones, pero eso no quita que sea una historia muy bonita. Al más puro cine independiente: con cámara al hombro durante todo el metraje e iluminación muy realista, y un montaje muy grato de ver. El broche: un guión excelente que trabaja sobre unas canciones creadas ex profeso para la película y con un mensaje que muy claramente reza su título. Los actores protagonistas no son conocidos, y lo hacen muy bien. Él (Glen Hansard), músico profesional y líder del grupo de The Frame; ella (Markéta Irglová), joven pianista checa de diecinueve años. Y eso lo hace más meritorio, porque no suena a falso. Supongo que habrá que ver la versión original para quedarse más contentos, sobretodo en cuanto a la voz de la chica, cuyo doblaje deja algo que desear.

La película fue galardonada con el Premio del Público en el Festival de Sundance 2007, y la canción “Falling Slowly” ganó el Óscar a la mejor canción.