Clive Staples Lewis (1898 – 1963) es hoy muy conocido por sus Crónicas de Narnia y la adaptación cinematográfica. Tierras de Penumbra se enmarca después de la saga del león Aslan. Ahí se habla de un armario lleno de magia; una magia que sólo descubren los niños… o los que saben ser como ellos.

Lewis, cristiano converso del agnosticismo, es un gran maestro de Oxford. Vive con su hermano –soltero como él– y su vida transcurre plácidamente pasando de la universidad a su casa y de sus clases al estilo clásico de Oxford (grupos reducidos), a las aburridas, jocosas y también pedantes charlas con sus colegas. Una vida tranquila, donde lo único que realmente importa es saber mucho y procurar tener todas la respuestas preparadas para cualquier situación y así poder discutir sabiéndose siempre victorioso. Nadie es capaz de oponerse al razonamiento de este gran profesor inglés y todo el mundo le escucha con gusto. Su arte retórica encandila a cualquiera y tiene un gran discurso para explicar el sentido del dolor: “El dolor es como el cincel con el que Dios va haciendo su escultura y habla en un mundo de sordos”, dice. Pero C.S. Lewis -a quien todos le conocen por Jack- es un teórico: aunque esté convencido de que Dios nos crea por amor y de que el dolor es curación, tendrá que conocer a Joy Gresham -escritora judía americana, también conversa al cristianismo, y fan incondiconal de Lewis-, para darse cuenta de que le falta algo mucho más importante: la experiencia. La experiencia de pasar por un enamoramiento y por la cruda realidad de la muerte del ser más querido.

De esta película de Richard Attenborough se puede decir que es ya un clásico del cine. Una de las magistrales interpretaciones de -en mi opinión- uno de los mejores actores de Hollywood, Anthony Hopkins. También ella -Debra Winger- trabaja muy bien…

No era nada fácil llevar al cine la historia de amor real de Lewis y la muerte de su esposa. El punto de partida es el libro de reflexiones inmediatamente posterior, Una pena en observación, en el que el escritor inglés describe su experiencia de unos sentimientos contrarios de amargura, tristeza, alegría, dolor, felicidad…

Y todo esto se aprecia en esta soberbia película en la que la vida inocente de los niños -representada por el hijo de Joy y el armario que lleva a Narnia- juega un papel muy importante. Como si dijera: sólo los niños –los que se saben niños ante Dios– son capaces de entender el amor que esconden las cosas más vulgares de la vida de cada uno.

Attenborough consigue presentar una película muy humana que habla de lo que todo el mundo tiene que plantearse en un momento dado de su vida. De ella, me quedo -además de con el gran guión, sobre todo, con dos frases, una pregunta, una entrevista que hice a un enfermo de esclerosis múltiple y una ficha que me parece excepcional, del sacerdote y profesor Peio Sánchez, miembro del Departamento de Cine de la Delegación de Medios de Comunicación del Arzobispado de Barcelona y de las comunidades Adsis:

  • Dios quiere que seamos capaces de amar y ser amados
  • ¿Por qué el amor, cuando lo pierdes, duele tanto? El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces; ése es el trato.
  • ¿Se puede amar el dolor?
  • Entrevista a Joaquín Romero, enfermo de esclerosis múltiple.
  • Ficha de Peio Sánchez.