Se ha hablado mucho ya de esta nueva película de James Cameron. Sobre todo, se ha visto mucho. Si tenemos en cuenta sólo el dinero ingresado en taquilla a día de hoy, Avatar es la película más taquillera de la historia del cine (superando Titanic, 1997), pero si el cálculo se hace a partir del “dinero constante” -el que tiene en cuenta la inflación- aún lejos está de ese primer puesto

Original en la concepción de las bestias, animales y demás seres existentes en Pandora, típica en la historia en sí: sigue el clásico esquema ya usado, entre muchos otros, por Kevin Costner en la genial Bailando con lobos (1999): el protagonista que se mete en “terreno enemigo” y acaba siendo uno de ellos y luchando contra los de su propio bando. Y por poca originalidad, hay quien ha planteado la posibilidad de que sea un plagio; no sé si realmente será así, pero las imágenes de estas dos películas se parecen bastante…

Por otro lado,  algunos se han referido al aspecto misantrópico [“misántropo”: persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano (RAE)] que rezuma, no solo esta película, sino gran parte de la producción de Cameron (en The Terminator, en Abyss o Alien, donde “el malo” es la humanidad). Pero, si de buscar las cosquillas se trata, también en Tarzán (1999) -sí, sí: la versión de Disney-, se respiraba esta misantropía : como si se tratara de una adaptación moderna de El libro de la selva (1967), al final, los buenos son los gorilas, y los malos, los humanos… ¿No será que los hombres tenemos eso que se llama “libertad”?

En realidad, pienso que hay algún error de fondo al construir estas historia. Quizá por ignorancia, quizá por mala intención, chi lo sà! Es lógico que los animales hagan bien las cosas: ellos actúan siempre según el instinto natural que les dice que hay que proteger a los de su especie. Nosotros, los humanos, tenemos la libertad -¡ese don precioso!- que a veces nos hace ser… menos humanos y no hacemos lo que realmente es natural para los de nuestra especie. Para ellos -los animales-, sus actos no tienen ningún tipo de moralidad. Para nosotros, sí: puedo elegir entre el bien y el mal; y lo que haga tendrá sus consecuencias buenas o malas. En Tarzán, el desenlace -a mi entender extremadamente ecologista- viene a decir: “es mejor vivir con los gorilas, porque los humanos son malos”; en El libro de la selva, en cambio, está claro que con Baloo y compañía se está muy bien, pero el lugar de Mowly es en la aldea… y los animales lo entienden.

Los humanos de verdad

¿Qué ocurre con Avatar? Pienso que aquí el planteamiento es mucho más profundo que en la de Disney y la conclusión no es tan simple como la otra. El artículo que citaba anteriormente dice que Cameron alcanza un nivel anti-humanismo que sorprende; sobre todo teniendo en cuenta que es precisamente esa humanidad la que le da el voto positivo o no de su historia.

Da la sensación que James Cameron está desencantado de su especie. No obstante, la solución que da, sí existe en la humanidad y no parece reconocerlo o darse cuenta: ese bienestar social en el que están inmersos sus gigantes vestidos de pitufo, ¡es real! Detrás de una especie de disfraz ecologista-panteísta de pastaflora, pienso que está la necesidad que tenemos todos de un Dios; de Alguien superior a nosotros a quien nos podamos dirigir siempre que queramos… ¡y que nos conteste! De hecho, es precisamente el humano -Jake Sully- el que tendrá que enseñar a la protagonista -Neytiry- que su dios Eywa es mucho más que un simple “mantenedor de estabilidad” (algo tan propio del panteísmo naturalista).

En Avatar, pienso que los humanos de verdad -los reales- son los que representan los na’vi, y no los dirigidos por un sesudo general sin corazón que parece sacado de un cómic de superhéroes, donde ejerce de villano (el malo malísimo, para entendernos -¿por qué Cameron siempre pinta a los malo tan malos?). Es verdad que eso pasa; no aprendemos de nuestros errores… pero, vuelvo otra vez a lo del comienzo, ¿no será que tenemos eso que se llama “libertad” y la tendencia a ir “a mi bola”? Soy libre y puedo elegir bien o mal. Hitler también lo era; y hoy son pocos los que se atreven a decir que hizo bien… ¿Todo el mundo es como él? No: ¡Dios nos libre! Son muchos -millones, me atrevo a decir- que creen en Dios -sea con el nombre que sea…-, que saben que si son un poco mejores, conseguirán traer un poco de paz; que son conscientes de que tienen que cuidar la naturaleza porque es para ellos y para las generaciones futuras -el ecologismo de Wall-E y no esta ridícula interconexión de “conciencias” que presenta Cameron…

Creer en Dios es algo grande, sí; y la religiosidad, también. Nos hace más verdaderamente humanos, porque vemos en cada uno -en el otro- mucho más que un simple cuerpo con patas y que, mientras no se interponga en mi camino, puede estar cerca de mí. Es ese “te veo” que usan los protagonistas de Avatar para manifestar que realmente se quieren. Podríamos decir: ya se ven como lo que son, cuerpo y alma.

¿Misantropía? Yo diría que sí: James Cameron no está contento con la humanidad. Parece como que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y que una vida tribal sin haber conocido el progreso es mucho mejor, por lo de más “natural” que tiene… Como si “progreso” fuera sinónimo de “embrutecimiento”. ¡Justamente el progreso que ha permitido a Cameron hacer esta su nueva película más cara de la historia! En realidad, lo que embrutece no es el progreso, sin más, si no el progreso ausente de Dios. En cierto modo, también lo muestra el director de esta película cuando, ante un comentario de la religiosidad de los na’vi, los soldados se ríen…

¿Misantropía? En parte sí; en parte no. Como también en The Terminator y su consideración del destino y la libertad, también Avatar muestra la otra cara de la moneda: se le puede dar la vuelta a la tortilla y tomarse esta historia como una fábula. Eso sí: cabría preguntar a Cameron: ¿has pensado alguna vez en creer? “Soy científica, no creo en cuentos de hadas”, dice la doctora Grace… ¿Qué es lo que ve Cameron en su historia? ¿Un simple cuento de hadas, una utopía, un sueño… o una realidad? Quitando toda esa pantomima pseudo-naturalista, ¿no es posible vivir en paz, según el planteamiento na’vi? ¿O es que tenemos que vivir otra vez con taparrabos y arco-y-flecha? ¿Será cierto lo que decía Escrivá de que “estas crisis mundiales son crisis de santos”?

Fuegos de artificio…

Como los fuegos artificiales: quien va a Valencia, verá algo espectacular; quien va a un pueblo costero en su fiesta mayor, verá farándula, movida e, incluso, algo de juegos de luz en el cielo… Pero, al final, los fuegos se apagan igualmente.

Avatar es una película espectacular –valenciana, por seguir el mismo símil-, pero que al final, según como se mire, no es más que simple entretenimiento. Demasiado larga (la primera hora se me hizo eterna) y -me da la sensación- muy al servicio del 3D. En esa primera parte, James Cameron se convierte en una especie de poeta o pintor que, como la mayoría de sus colegas de Hollywood, rompe esa poesía con el breve encuentro sexual entre los protagonistas. ¡¿Cuándo aprenderá, el cine hollywoodiense, a mostrar el amor con ese arte de mostrar sin mostrar?!

Es verdad que el guión comienza muy bien y en poco más de media hora te consigue hacerte entender qué es lo que está pasando realmente -cosa nada sencilla-, pero los personajes están cargados de tópicos y para mostrarte lo que Jake aprende para convertirse en na’vi es un rollo macabeo, puesto por la sencilla razón de intentar convencer al espectador de esta “interconexión naturalista” de la que hablaba. Entretenida y aburrida. Con escenas de acción realmente trepidantes, a partir de la hora y media, que es cuando comienza la acción.

¿Una gran película? Me pareció mucho mejor Terminator. ¿Ganará el Oscar a la mejor película? No me extrañaría, aunque después de los premios BAFTA que le han dado a En tierra hostil (y no sólo estos), todo puede ser.

Dejo un vídeo making of porque realmente lo que han hecho es, técnicamente, muy bueno.