… O cuando se unen dos artes sublimes

La música es el arte más sublime. Dicen que es el lenguaje de Dios. Cuando a la música se le une otro gran arte como el cine, el resultado puede ser una auténtica obra maestra. No son pocas, las películas cuyo protagonista principal son las notas de grandes compositores. Últimamente, Agnieszka Holland nos sorpendió con Copying Beethoven (2006) –esa historia de la creación de la 9ª sinfonía más famosa– y, por supuesto, aquí ocupa un lugar privilegiado la grandiosa Amadeus (1984), de Milos Forman.

El concierto es la historia de Andreï Filipov un prodigioso director de orquesta ruso del gran teatro Bolshoi de Moscú que, por negarse a expulsar a los judíos de su grupo, éste es desmantelado y él, rebajado y caído en olvido. Treinta años después, es el barrendero del mismo teatro. Un día, mientras limpia el despacho del director, un fax de París solicita la presencia de la orquesta del Bolshoi. Filipov no está dispuesto a perder esta oportunidad: se quedará con el fax y volverá a montar la orquesta de antaño, tocando el concierto de Tchaikovsky que fue interrumpido hace treinta años por la KGB.

Sin duda, no estamos ante un nuevo Amadeus: por el momento, inigualable. Y tampoco es la de Holland. Entre otras cosas porque El concierto es una comedia. Una comedia bien llevada por el director rumano Radu Mihaileanu. Combinando con buena mano humor –surrealista, sobretodo– y drama –a menudo, profundo e histórico–, hace una crítica al comunismo que subyugó su país durante muchos años (Mihaileanu huyó de Rumania durante la dictadura de Ceaucescu). Además, ha sabido dar cabida a la música, especialmente en el momento del concierto de Tchaikovsky. Por eso, aunque no es perfecta –falla un poco en el guión y el espectador se puede perder–, es una película muy agradable y llena de optimismo. No me extrañaría que de Hollywood –tan falto de historias– quisieran hacer un remake.