… o cuando la muerte nos hace valorar el ir en bicicleta.

Hay muchos modos de vivir para siempre. Uno de ellos es convertirse en vampiro, y ya está. Otro es escribiendo una obra… Esto es lo que decide hacer Sam (Robbie Kay), y su mejor amigo, el gruñón pero entrañable Félix (Alex Etel) -que prefiere la opción vampiresca-, está dispuesto a lo que sea para que Sam pueda cumplir su lista de deseos antes de morir… Y es que así son las cosas: los dos protagonistas de Way to live forever, niños de 12 y 14 años respectivamente,  están enfermos de leucemia y son perfectamente conscientes de que les queda poco tiempo de vida y tienen que aprovecharla al máximo.

Ésta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida; “sobre las ganas de vivir que tiene un niño de 12 años”, dice Gustavo Ron, guionista y director de la película. Pero es una historia que habla de la muerte, haciéndolo desde la atrevida perspectiva de un cuento. Sam es un niño muy vivo –despierto– que no está dispuesto a aceptar las respuestas simples que su amigo Félix da a los interrogantes que “los mayores no se atreven hacer”. No entiende por qué las cosas son como son y, sobre todo, por qué tiene que morir un niño de 12 años, pero lo acepta. Lo acepta y lucha para que su familia –sus padres y hermana– sufra lo menos posible a causa de su enfermedad… y de su muerte. Si puede, haciendo que todo sea como un juego. Quizá sea, también, esta sencillez o ternura la que enamore a Félix y le lleve a intentar buscarle la felicidad, aunque fuera robar un pedacito de cielo.

Si con Mia Sarah (2007), su opera prima, Gustavo Ron pasaba con un más que aprobado, con este su segundo largometraje se supera y demuestra que es capaz de contar grandes historias emocionando a su lector –el buen cine se lee.

Vivir para siempre es un drama muy duro, con momentos para secarse las lágrimas y ratos para reír. Es duro no sólo por la historia en sí –adaptación de la novela homónima de Sally Nichols (en español Esto no es justo)–, sino también porque es difícil no prendarse del personaje de Sam –magnífica actuación de Kay–, identificarse con su sencillez y desparpajo al decir y contar las cosas, de su amor para con los demás y ver que no puede hacer nada para ayudarles. Es dura la pregunta sobre por qué Dios permite algo así, pero más dura ver que algunas de las respuestas son reales, pero difíciles de aceptar. Y el contraste con la dulce tosquedad de Félix –caramelo envuelto en papel de lija– obliga al espectador a meterse más en la historia y a reflexionar.

Aún no he leído el libro en español, pero pienso que el título se queda con un aspecto negativo de la cuestión: “esto no es justo”, frase que también se dice en la película. Gustavo Ron, que esta vez ha escrito el guión y está muy bien cuidado, supera ampliamente esta visión negativa que puede llegar a tener el libro -lo he empezado a leer-. Tiene, además, también unos toques surrealistas –esas historias contadas a través de paisajes de papel que van sucediéndose–, que le dan cierta originalidad. Con buen ritmo y, aunque me parece que uno de los demás personajes tiene un cambio un poco injustificado –no me avanzo a la historia–, todos están muy bien cuidados, especialmente la familia.

En varios momentos del film, Sam dice que “hay cosas que son perfectas, de principio a fin”. ¿Qué significa? Hay que verla para entenderlo… Si alguien se atreve, cuando la vea, que me diga en este blog. Yo creo tener alguna respuesta, encerrada en el título. No se refiere a la película en sí, que no es perfecta; pero sí muy buena. No me extrañará ver que tiene un buen boca-oreja…

Y aquí un vídeo en el que Gustavo Ron nos da consejos de cómo hacer una película basada en un libro.

Ve, también la entrevista que hice a Gustavo Ron.