No en vano, detrás se ve un cuadro de la Pasión

Es muy fácil hacer generalidades, y el cine se presta bastante a ello: “el mundo, cinematográficamente hablando, se divide en dos: Hollywod y el resto”. Algo muy manido, pero por desgracia -a veces sin darnos cuenta-, está en boca de muchos. De hecho, “el resto” es muy grande y, a menudo, muy diverso. Ni mejor, ni peor: de todo hay en la viña del Señor… Tanto americano,  como europeo o asiático. El problema es que ese cine suele quedarse “en casa”.

No obstante algunos países como Francia -muy recelosa de lo suyo-, han sabido exportar obras cinematográficas de las buenas allende sus fronteras. Hace tres años el país galo lo hizo con la comedia Bienvenidos al norte (tanto gustó, que se acaba de estrenar un remake a la italiana), y hoy lo hace esta gran película coral, De dioses y hombres, dirigida por Xavier Beauvois.

De dioses y hombres es un drama que cuenta la historia real de seis monjes cistercenses asesinados en Tibhirine, Argelia, en manos de  integristas islámicos, el año 1996. Sólo dos lograron escapar de la masacre (uno de los cuales aún vivía en el estreno de la película). Su vocación era la de servir y para ello decidieron pasar su vida en un monasterio instalado en el monte Atlas, y rodeados de vecinos de religión musulmana y ortodoxos. Son muy queridos, ahí  -“ustedes son las ramas y nosotros los pájaros: si se van, dónde nos posaremos?”, les dice una vecina cuando, ante la amenaza de muerte, los monges están planteando si abandonar o no el lugar.

De lo más espiritual, a lo más humano: un médico monje hablando de amor

Porque, éstos, son monjes de carne y hueso –”yo no he venido a ser mártir”–, con una familia y un pasado más o menos parecido o distinto que abandonaron para una vida mejor en manos de su Hacedor. Cada uno tiene sus miedos -¡qué bien ha reflejado esto Beauviois!- y sus alegrías. Son hombres enamorados –no solterones– y, al decir de la santa de Ávila, muy niños delante de su Padre Dios (¡qué conmovedora es, en este sentido, la escena en que, superado el miedo, uno de los monjes, muestra su amor para con el Señor con un dibujo muy infantil!). Hombres, al fin, muy… humanos –la película desprende humanidad por todos los costados–; hombres que saben apreciar un buen vino y una buena música. Porque el miedo está: ser mártir, no es ser un súper héroe, aunque sí heroico. “A menudo me pregunto por qué Dios se comporta como lo hace”, cantan los monjes.

Y esta heroicidad ordinaria es la que atrae de la película; como el de Christian, el padre abad, que tiene que mostrar fuerza y seguridad para ayudar a los demás monjes, cuando él mismo se da cuenta de su miedo e incapacidad si no es abandonándose en Dios; o el del médico que, a la vez que se enfrenta cada día a todo tipo de situaciones -sin apenas medios y sin rechazar a nadie-, da un buen consejo a una adolescente sobre qué pasa cuando uno se enamora.

De dioses y hombres es una feroz crítica al fundamentalismo religioso (de cualquier color), que sólo es posible superar con el amor: “el amor es pura esperanza; el amor lo soporta todo”, dice el abad…

Y el amor –y sobre todo la libertad– es lo que redescubren los monjes cuando dejan de tener miedo a la muerte: “no me asusta la muerte; soy un hombre libre”.

No es un cine aburrido, porque toda esta humanidad sobrecoge y atrae, porque son hombres con corazón grande, magnánimos (anima grande). Es un cine que se atreve a mirar, sin apenas música: la de las oraciones de los monjes cantando e, incluso, contrastándola con el ruido atronador de un helicóptero: cuando lo más humano intenta destronar lo más sublime, por divino.

En un momento dado de la película, mientras la incógnita de si marchar o quedarse siembra un mar de dudas, uno de los monjes dice: “quedarse aquí es una locura, como la de hacerse monje”. Una locura como el éxito que ha cosechado esta película en su país de origen y entre los espectadores que la han visto. ¿Será que el cine espiritual, cuando está bien contado sí interesa?

Xavier Beauvois ha hecho una obra magistral que tanto guión, como fotografía, como actores, como película… bien merecerían premios de los grandes…