Escribía, hace ya unas semanas, que después de ver –en un pase privado–, la nueva película del realizador inglés Roland Joffé, Encontrarás Dragones, me quedé como obnubilado. Decía –en ese post–, que estaba “como cuando has visto por primera vez a la chica de tus sueños y te quedas sin palabras…”.

Hoy son ya tres –con esa–, las veces en que he visto la película y quizá pueda escribir con algo más de distancia y sin tanto apasionamiento (aunque en las tres me emocioné, debo reconocerlo); y quizá, también, por esa distancia pueda ser más objetivo… De lo que sí estoy seguro es que esa impresión que tuve al verla fue por eso que decía Joseph Pieper y citaba Noblejas en su blog: ante algo grande, sólo cabe un “¡es bueno que tú existas!”. Así son las obras de arte: uno puede estar contemplándolas una y mil veces, y siempre descubre nuevos recovecos, nuevas luces y nuevos colores; y –también es verdad– como toda obra de arte, no está hecha para todas los paladares (o, como dice Honorio, uno de los personajes de la película, “no todos los paladares están hechos para lo divino”). Encontrarás Dragones, no es una excepción. Es una obra de arte  que rezuma divinidad, y no porque hable de cosas divinas, sino porque habla de cosas humanas que son muy divinas (perdón por el juego de palabras…, pero no es lo mismo). Es una película que hace falta ver más de una vez para poder “mesurar” las tres dimensiones… que sí tiene (¡y eso que no es en el tantas veces sobrecargado 3D!).

La historia –aunque precedida por una breve secuencia de la muerte del que llaman, sin más, Josemaría– comienza en los años 80, cuando encargan a Roberto (Dougray Scott) –periodista– investigar y escribir un libro sobre una persona de la que han empezado su proceso de beatificación y canonización: Josemaría Escrivá. Mientras está en ello, descubre que su padre Manolo (Wes Bentley) –con el que lleva años sin hablarse y se encuentra a las puertas de la muerte– era gran amigo de Escrivá (Charlie Cox) y hasta estuvo con él en el seminario, por lo que decide ir a Madrid y preguntarle al respecto. Aunque su padre no quiere remover aguas del pasado, le acaba dando todo lo que quiere. Y entonces le empezará a contar la historia de su amigo y la suya propia durante un momento muy crudo de la historia de España: la Guerra Civil.

En torno a la metáfora

No estamos ante una película al uso. Es distinta, y de ahí la diversidad de opiniones. A Roland Joffé le impresionaron muchos aspectos de la vida de Josemaría Escrivá, pero sobre todo su humanidad, su gran amor a las personas –individualmente, no en grupo– y, sobre todo, su mensaje de que a Dios se le puede encontrar en lo más corriente de la vida. Por eso, decidió hacer una historia enmarcada en una guerra fratricida:

“¿significa eso que Dios estaba allí? –dice Joffé en una entrevista en la revista Nuestro Tiempo– Y si es así, ¿cómo estaba presente en una guerra? (…) Josemaría optó por la defensa del individuo en un momento en el que se imponían los movimientos de masas (…); y, sin embargo, ahí estaba él, con un mensaje claro: ‘no sois parte de una gran máquina, no sois un Modelo T ni nada por el estilo. Tenéis vuestra propia conciencia y debéis asumir la responsabilidad que se derive de vuestras acciones. No voy a deciros lo que deberíais pensar, lo tenéis que descubrir vosotros mismo’”.

No es una biografía del fundador del Opus Dei –y quien la busque, se decepcionará (sin razón)– pero, lógicamente, su Obra está presente en ella. El director inglés ha escrito –por primera vez en su carrera– un guión en el que sigue la historia de los amigos Josemaría y Manolo: uno real y el otro ficticio. El primero se decide por el camino del amor –“nada fácil, en los momentos que corren”, como le recuerda su padre– y Manolo se deja llevar por los celos, la envidia, la venganza y el odio. Y mientras, Roberto, irá conociendo una historia que quizá nunca tuvo que desenterrar… Todo depende de su disposición que tenga a encontrar dragones.

Así es la película: tres historias que se van entrecruzando sin dar mayor protagonismo a una u otra. De hecho, es difícil llegar a un consenso entre el espectador de quién es realmente el protagonista. Joffé no se fija tanto en la trama individual, sino en el tema que ha querido mostrar: “¿serás capaz de perdonar?”. Los tres tienen que perdonar, si quieren vivir en y con paz. Y es en estas tres historias donde el guionista cuenta su particular visión de la “jugada”. La historia del perdón. O, por seguir con la simbología del arte, Encontrarás Dragones es como un inmenso cuadro, con todos sus matices –luces y oscuridades–, del que se pudiera decir: “he ahí el perdón”.

Ahí radica –me parece– el desconcierto de algunos al verla. Encontrarás Dragones es una película cien por cien metafórica –como lo es la religión, dirá Joffé en la rueda de prensa del estreno. Por eso su profundidad. Lo curioso es que toda ella haya salido de la mano y la mente de alguien que se declara agnóstico. Pero alguien que –como buen antropólogo que parece ser– ha sido sincero consigo mismo y ha querido ir más allá metiéndose en los vericuetos de la humanidad y poniendo al espectador frente a sí mismo, diciéndole: “¿a qué estás dispuesto en tu vida?”.

Viviendo hacia el futuro

Para hablar del perdón, Joffé sitúa estas historias en un momento extremo de nuestra historia: en una guerra fratricida en la que, sin apenas darte cuenta, de repente te encontrabas en la obligación de elegir entre –como se dice al comienzo– “besar la Biblia o escupir en ella”… No había opción. Pero tampoco es historia: se simplifica mucho lo complicado de una guerra así, para hacerlo entender. Aunque es de agradecer que Roland Joffé no tome partido: por primera vez en el cine español, se representa la Guerra Civil sin ideologías ni partidismos. Ahí todos son buenos y malos, porque la guerra es así: personas que han sido abocadas a una situación que ni ellos mismos –volvemos al individuo– han querido en realidad. Por eso, Encontrarás Dragones es también una bofetada moral a los que quieren “memorar” el pasado para acusar, y no para perdonar. Es como bien dice Emili Avilés, una “conciencia histórica”: no hay que olvidar –dice Joffé–, sino recordar para perdonar y ser perdonado; para seguir hacia el futuro, y no anclarnos en nuestro pasado.

¿Qué tenemos ante nuestras miradas? Una gran película, sí. Una obra maestra que quizá no llegue al nivel de La Misión (1986), pero que está muy bien trabajada. Los actores lo hacen de maravilla (especial mención a Charlie Cox y los españoles Unax Ugalde y Alfonso Bassave, como unos de los primeros seguidores de Escrivá). La música no iguala a Ennio Morricone –autor de la banda sonora de la película ya mencionada de Joffé–, pero es emotiva. Muy adecuada para mostrar la fatalidad de la guerra, sin exaltarla de modo epopéyico. En definitiva, un buen trabajo de dirección: Joffé ha resucitado.