Sinceramente: cuando terminó, estuve a punto de salir de la sala y pegarme un tiro…

Es broma. Lo que sí va en serio es que me preguntaba durante un buen rato por qué no me cargaba a alguno de los protagonistas de la película y acababa con todo… Es verdad -y por eso lo pongo en el título-, en esta historia, Mike Leigh muestra que no hay nada como alguien que quiera y sepa escucharte, para solucionar muchos problemas…; por lo menos por aquello de una pena compartida… Pero, ¿eran necesarias más de dos horas? ¿Por qué deja tantas historias inconclusas? Empezaba muy bien, con fuerza. Hablaba de la depresión personal; de la necesidad de hablar, de los problemas familiares, pero… ¡Pero!

Tom y Gerri (tiene gracia, el nombre) son un matrimonio feliz. Él, ingeniero geólogo y ella, terapista ocupacional. Tienen un hijo ya entrado en edad que no hay modo de casar, y su casa siempre está abierta a los amigos y familiares, dispuestos a escuchar a quien lo necesite o, incluso, a dejar que se emborrache tranquilamente y “descanse” en su amistad.

Todo pasa en un año. En cuatro capítulos, que son las cuatro estaciones del año. ¿Y qué es lo que pasa en un año de una vida normal y monótona de una familia? Nada. Y esto es lo que pasa en la película: nada. ¿Es eso malo? En absoluto. La vida de Tom y Gerri es una vida feliz porque no están “atrapados en la rutina”, como dice él en un momento: “si estás atrapado en ella, no puedes vivir la jubilación”, le comenta a un amigo amargado porque se ha hecho mayor, gordo, y sin ninguna aspiración en la vida.

Yo, no sé: quizá me equivoque y no sepa ver qué tiene esta película y qué quería transmitirnos el director, pero se me hizo muy aburrida. A algunos, de quienes tengo en mucha consideración su opinión, les encantó. Los actores están fenomenalmente bien. Me encanta las interpretaciones del matrimonio (Jim Broadbent y Ruth Sheen), como las de los demás actores, como la que encarna a la deprimida Mary (Leslie Manville).

Pero todo, ¿para qué? Si, almenos, las conversaciones que tiene con el matrimonio sirvieran para algo: aquí, nadie cambia. Al principio, Gerri atiende a una mujer deprimida, y le da hora para otra consulta. Y ya está: no sabemos nada más de ella. Tampoco hay cambio en el comportamiento de Mary… y menos, aún, del amigo gordo.

Me acordaba de otra película, que también habla de una historia sencilla, sin apenas ocurrir nada, pero a la vez, todo. El estanque dorado, del ya lejano 1981. ¡Esa, sí que era genial! Por supuesto, Henry Fonda y Katharine Hepburn lo hacen de pegada. Ahí sí que hay evolución de los personajes. Tanto el nieto, como el abuelo crecen. Escuchándose y dándose. Y también la abuela o la hija, al ver que ahí ha pasado algo. Ese sí es el gran misterio de lo cotidiano, de lo sencillo. En esa película de Mark Rydell se respiraba algo de divino. Sin hablar necesariamente de Dios. Viéndola, uno tiene ganas de ser mejor. Y a Leigh, creo que eso le falta. Hay cosas que, cuando no están presentes, brillan por su ausencia. ¿Es verdad que no hay soluciones, como parece que plantea Mike Leigh?

Quizá me equivoque. Quizá no haya sabido ver Another Year. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que tengo ganas de volver a ver El estanque dorado. Lo hice hace años, y me gustó. La repetí hace no tantos, y me volvió a encantar. ¿Sabes de esas historias que te dejan marcado y no olvidas? Así era El estanque dorado.