Aunque es una película de hace dos años, en España se estrenó en este 2011. Ha tardado… pero ha valido la pena: se trata de una historia muy sencilla; una de esas que, cuando la has visto, te dices: ¿por qué no se me habrá ocurrido a mí antes?

Leila es una condenada a cadena perpetua por un asesinato que cometió hace doce años. Ante su sorpresa, le dan el indulto que nunca había pedido, ofreciéndole un peculiar “puesto de trabajo”: atender al ciego padre Jacob, un pastor de campiña, cuya única ilusión es leer y responder todas las cartas que día tras día va recibiendo. Leila se encargará de esto.

La historia se sucede poco a poco. Hay momentos realmente emocionantes pero, lejos de los extremismos, el guión de su director Klaus Härö y de Jaana Makkonen, nos va mostrando, con la medida necesaria, cada uno de los elementos de lo que nos quieren contar sus autores. No hay excesos, no hay istrionismos…: al ritmo de la impasibilidad de Leila (una mujer robusta y con un rostro surcado por el dolor, incapaz de sonreír, ni de ¿llorar?). Pero sí hay amor: mucho amor (el auténtico, no el facilón: el que cuesta, digamos). Del amor del padre Jacob que reza y responde todas las peticiones que recibe, y es capaz de dar todos sus ahorros a una mujer “porque ella los necesita más que yo”.

Kaarina Hazard borda magistralmente a su personaje Leila, y también Heikki Nousiainen, en el papel del pastor luterano. Härö consigue transmitir la soledad en la que se encuentran los dos -cada uno a su manera-, y la importancia de tenerse el uno para el otro. Como la humanidad: nadie puede vivir solo. También el cartero necesita de alguien y, sobre todo, eliminando los prejuicios hacia el prójimo.

Con una fotografía llena de luz, los dos directores nos dan una película muy optimista, en un mundo que no es precisamente fácil, el ser positivo ante la vida.  Quizá por eso -por este contraste-, nos quedamos mejor con el mensaje de donación. Es una historia de redención y esperanza. Y también se puede descubrir la gracia que tenemos los católicos con la confesión, el único modo real de empezar de nuevo.