2020. Hace unos años, cuando veíamos películas futuristas, imaginábamos cuánto cambiaría el mundo, gracias a las increíbles escenas que nos presentaban: coches voladores, velocidades lumínicas, abrigos con aire incorporado… Hoy, parece que el futuro lo tenemos más cerca: vemos que habrán cambiado las cosas, sí… pero no tanto. En Real Steel (Acero Puro), el director de Noche en el museo o La pantera Rosa (2006), Shawn Levy, nos muestra un futuro bastante razonable, aunque lleno de máquinas que se matan entre ellas…

Charles Kenton fue un gran boxeador, hasta que fue sustituido por unas enormes máquinas robot que se destrozaban a puñetazo limpio. Desde entonces, el boxeo ya no es lo que era y Charlie se dedica a ganar algo de dinero apostando por sus robots en peleas con escenarios de lo más variopintos. Hasta que pierde su último juguete, destrozado por un toro. Es entonces cuando, sin quererlo ni beberlo, tiene que hacerse cargo, durante un verano, de Max, su hijo, al enterarse de la muerte de su novia, de la que no tenía mucha noticia. Así que, sin dinero y con un hijo que apenas conoce tendrá que buscarse la vida entre este peculiar deporte de hierro. Nada fácil, si no fuera por un peculiar robot sparring que, por casualidad, encuentra Max en un chatarrero.

Los ingredientes para econtrarse con una historia a lo León. El profesional (1994) -esa película que supuso el estrellato de Jean Reno– están servidas. Real Steel no está a la altura de la francesa, pero sí es una película agradable de ver: por su historia, sus personajes y su -a mi parecer- original modo de ver el futuro próximo. Porque se trata de un futuro pero, como decía al principio, muy real. Shawn Levy, consigue crear una ambientación muy sórdida para este tipo de peleas: sórdida y fría, al más puro estilo del “pan y circo” que declamaban diariamente los ciudadanos de la Roma imperial.

Y además, profundiza en los temas como paternidad y familia. Se agradece ver a un personaje como Kenton -interpreado dignamente por Hugh Jackman– que cambia; porque ¡qué difícil es crear personajes que muestran un verdadero arco de transformación! Pues éste no es un protagonista de acero: gracias a Max (Kevyn Durand) y a la hija del que fuera su entrenador (Evangelina Lilly) -que me recuerda mucho a Hillary Swank en Million Dollar Baby)-, Charlie consigue superar su egoísmo estúpido y darse cuenta de que hay algo mucho más grande que mirarse el ombligo: los demás.

El problema en el que caen los guionistas es en explicar bien por qué se convierte en un drama que Charlie haya dejado de pelear. De hecho, por este pecata minuta el clímax final -no lo contaré, tranquilos…- gira en torno a eso y la emotividad que se le pretende dar pierde fuelle.

Eso sí: Acero Puro es una película muy entretenida. Que no se dedica simplemente a mostrarnos de lo que es capaz de hacer la informática -¡gracias!- sino que hay algo más. Una historia interesante que golpea -nunca mejor dicho- de lleno al consumismo y egoísmo que nos lleva a comportarnos como piedras o robots sin alma. Algo así como ya hizo la magistral obra de Pixar, Wall·E.