No sabemos muy bien en qué época estamos; pero a Aki Kaurismäki, tampoco le interesa. De hecho, a propósito confunde: hospital y coches de los años 60 con móviles y temor a una nueva amenaza de Al Qaeda, inmigración… Es una época cualquiera, de un lugar cualquiera, de una gente cualquiera. ¿Surrealista? Sí, un poco. Pero para mostrar lo importante de la trama: el bien, existe.

En un pueblo portuario de Francia, Le Havre, vive como puede un sencillo limpiabotas, Marcel Marx, con su mujer, que tiene que ser ingresada en el hospital por una grave enfermedad. Un buen día, alguien descubre dentro de uno de los contenedores de mercancías, un gran grupo de inmigrantes africanos que querían dirigirse a Londres. Uno de ellos, el chaval Idrissa, logra escaparse de la policía y Marcel acaba acogiéndole a su casa. Y no sólo eso: con la ayuda de sus buenos vecinos y amigos, intentará hallar a su familia para que se reúna con ella, tarea nada sencilla, ya que el chico está siendo buscado por la policía portuaria y ocupa los titulares de las portadas de los periódicos.

Cuando uno va a un museo de pintura, va a contemplar el arte y a dejarse embelesar por lo que sus autores le han querido transmitir. Con El Havre, hay que reconocer que Kaurismäki ha rodado una obra de arte. Con una única intención: decir que el hombre sí es bueno y que, el mal, es ausencia de bien. Y ya está. Alguno quizá diga que es un planteamiento muy inocente de la vida, pero es muy agradable: como si de una fábula se tratara, todo vecino está dispuesto a ayudar, cuando el amigo lo necesita; aún si es un poco caradura.

Kaurismäki recuerda a Bergman o Dreyer y sus personajes a veces nada expresivos -como la esposa de Marcel-, pero con actos que de verdad muestran amor. Y también tiene mucho del cine neorrealista italiano, como el de Vittorio de Sica y su Limpiabotas (1946), de Casablanca (1942) o, más cercano en el tiempo, Mi querido Frankie (2004), por el ambiente portuario y su sencillez escénica.

El Havre es una película muy simbólica. Es curioso, por ejemplo el contraste que muestra entre el bien y el mal. Es verdad lo que decía más arriba de que puede parecer una historia un poco naíf, pero es simple apariencia. Porque el mal, también está presente, pero, propiamente, no existe: es anónimo, ausencia de bien. Por eso, tanto el asesinato del comienzo, como, por ejemplo, el personaje del prefecto -cuya única idea clara es la de “limpiar la imagen” de los inmigrantes- se presentan fuera de campo.

Kaurismäki ha querido reflejar la vida cotidiana de cualquier persona de hoy y de todos los tiempos, a partir de un tema tan actual como es la inmigración. Pero la inmigración es la “excusa” -aunque clara y contundente, como lo muestra la pérdida de identidad a la que ha sido sometido el personaje de Chang- para preguntarse qué estamos haciendo con los que tenemos a nuestro rededor.

Alguno podrá decir que estamos ante una película muy pesimista pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad. Es optimista porque, a pesar de que, a primera vista, muchas veces “los buenos”, no son los que mejor viven, son felices.

En definitiva, los toques surrealistas, el humor y el drama, el realismo… hacen de esta película, una historia muy agradable de ver y llena de valores y optimismo. Porque, lo repito, la bondad y la generosidad, siempre acaban siendo premiadas. Con final un poco a lo OrdetLa palabra (1955); precisamente de Dreyer.

Algunas cuestiones para cinefórum

 

Le Havre plantea  muchas cuestiones interesantes para un cinefórum. Quizá, la que más, es la que va en torno al amor: ¿en qué consiste realmente amar? Aquí no hay besos, ni tan siquiera, abrazos: ¿dónde está el amor, entonces? Imbuidos en la cosa sentimental propia del cine actual, este hecho puede chocar -y, de hecho, lo hace.

En este punto, juega un papel muy importante -lo bueno, si breve, dos veces bueno, dicen…- el cerezo florecido.

Otro tema es el del mal: aunque ya lo he mencionado más arriba, ¿no es interesante cómo lo muestra fuera de campo?

Finalmente, me parece muy bien descrito “el pueblo”, y la necesidad del otro para sobrevivir.