Por un momento, imagínate que estás en la fiesta de una boda. Imagínate que estás bailando con tu hija, subido en un estrado; y como tú y tu hija, muchos más. Y que, justo al lado, tienes a una gorda -sí: una señora gorda- a la que también le gusta bailar pero que no controla demasiado sus movimientos y que, de repente, esa gorda -sí: esa señora gorda-, sin quererlo -ni se da cuenta-, te mete un viaje con todo su trasero y tú te caes estrado abajo, aterrizando con la parte del cuerpo donde la espalda pierde su dignidad. Ves las estrellas, así es. Y no solo eso. Imagínate que, no sabes cómo, ves a esa señora gorda -sí: la gorda-, por todos lados. En la oficina, por la calle, en tu casa…

Esto es lo que le pasa a Manolo. Su mujer no acaba de creerle; de hecho, se parte el bazo ante las ocurrencias de su marido. Pero, por si acaso, le dice que vaya al médico que le encarga un TAC. Y ahí, conocerá a Antonio, un chaval canario, muy descarado, hijo de madre soltera, que tiene un cáncer y sabe que va a morir. Lo que no sabe Manolo es que ese chico le va a cambiar la vida. Por completo: la suya y la de su familia.

Si cae en tus manos esta película -ahora en DVD-, por favor, toma asiento y descansa. Desternillante, es poco. Con un humor, sincero y sano. Paco Arango, el director, con esta simpática historia basada en hechos reales consigue algo nada fácil de hacer: hablar de un drama -la historia de un niño que se va a morir- de modo muy divertido. Pero sin ser superficial. Nada más lejos de la realidad: combina muy bien la lágrima y la sonrisa, tocando temas trascendentales para la vida como son la fe -¡en Dios, sí! ¿Por qué habrá tantos que le temen?-, la fidelidad, la amistad, la fraternidad, el perdón…, sin que chirríe ni suene a cosa artificial.

Algunos la han acusado de ser demasiada irreal, por “inocente”, a lo que les preguntaría: ¿es que la familia tiene que ser desestable, con relaciones de dos días, hija tontaadolescente con novio aunmástontodelculoyobseso? Me parece que nos estamos acostumbrando tanto a las vidas tipo Física y Química, o a la pastaflora de los Crepúsculos y demás idioteces, o a las falsas películas románticas -romanticonas, diría yo- que nos presenta a menudo Hollywood…; nos estamos acostumbrando tanto a esto, digo, que, cuando vemos una historia normal decimos: “¡Ay! ¡Qué falso!“.

“Esto es así”, como diría alguien a quien aprecio: Maktub es una historia de verdad: una película que desprende optimismo -¡existe el optimismo! ¡de verdad!- a pesar de la dureza de la situación, dando mucha importancia a la familia y a las relaciones que se desprenden de ella. ¿Falsa? (insisto): pero me parece que -tristemente- más de uno no entiende que sí puede existir un amor puro. Y en realidad, es el único que hace feliz. A la experiencia me remito… Y a esta gran película y el contraste con la relación de la madre y “su amigo”.

Contribuye a todo este marco el gran actor argentino que es Diego Peretti en su papel de Manolo, y también los demás, especialmente la abuela Merche (Amparo Baró): antipática, pero que se hace querer.

Por supuesto, como todas las películas familiares de enredos, la secuencia de la cena es memorable. No sólo por la situación. También porque ahí está el quid de la película.