babette

El cine es un arte y el buen arte se deja ver y re-ver; contemplar. Quizá, cabría afirmar que el cine, como el buen vino, madura con el tiempo. Aunque, en realidad, quien madura o no es el espectador que ve en el cine –en las grandes películas–, una verdadera obra de arte con la que uno no sólo disfruta, sino que se siente interpelado. Por eso, hay películas que vale la pena volver a ver muchas veces para aprender a apreciarla cada vez con más detenimiento.

El festín de Babette ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1987 y es uno de esos filmes que agradeces de corazón su vuelta a las pantallas grandes, al cumplir 25 años. Vale mucho la pena degustarla nuevamente –nunca mejor dicho, para esta película de Gabriel Axel, que también escribe el guión, adaptando la obra homónima de cuento original de Karen Blixen, más conocida como Isak Dinesen (este era su pseudónimo), autora de otra gran obra llegada al cine, Memorias de África (1985).

En una aldea de pescadores, perdida en Jutlandia (Dinamarca) viven dos hermanas –Martina y Philippa, en honor de Martín Lutero y de su amigo Philipe de Belinchon–, hijas de un pastor que dirige una pequeña comunidad al más puro estilo de la estricta espiritualidad luterana. Al morir, ellas son las que se encargan de mantener esa comunidad, dejando a parte lo que podría haber sido –quizá– una vida feliz formando su propio hogar. Así, viven en la estricta renuncia, ayudando diariamente a los más necesitados del lugar. Pero su vida empieza a dar un vuelco el día que deciden a acoger en su casa a Babette, una cocinera francesa que huye de la Revolución parisina, al ser asesinada toda su familia. Babette no pide nada: sólo vivir en paz; y el día que le toca la lotería, decide agradecer la hospitalidad de las hermanas, preparando un gran banquete al más puro estilo francés: para ellas y esa pequeña comunidad… ante su horror, ya que su espíritu hiperpuritano no les deja disfrutar de los goces que tantas veces puede darnos la vida…

Gabriel Axel, coge muy bien el aspecto de fábula y, sin sermonear ni hacer un juicio crítico da una lección fílmica de lo que es hablar de espiritualidad sin ser lo que vulgarmente llamaríamos “un tostón”. Babette no pide nada; y tampoco Axel: simplemente que el espectador se deje llevar por la grandeza de lo cotidiano.

“Llega el momento en que se abren nuestros ojos –dice el general, el único que sabe apreciar la materia y acaba descubriendo en ella el espíritu– y vemos y comprendemos que la gracia es infinita”.

Hay que saberla reconocer, eso sí. En las cosas que nos da el Creador. Y el contraste con la pesimista espiritualidad luterana que vemos en la película nos lleva a apreciar el optimismo propio del catolicismo; aún sabiendo que corremos el peligro de materializarnos en exceso. Se trata, pues, de descubrir lo más sagrado que a menudo se esconde en lo aparentemente más banal.

Un guión excelente; una actuación soberbia; un humor muy delicado… para un festín, de verdad, excelente.