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En el Evangelio, Jesús dice que las prostitutas y los niños nos precederán en el Reino de los Cielos. Y así, parece querer mostrar el director de esta película –la más cara a de la historia del cine chino– que se acaba de estrenar en España. En realidad, Zhang Yimou, sorprendido por una historia de heroísmo ordinario, simplemente filma la adaptación de una novela que cuenta una historia real que sucedió en 1937, en la ciudad de Nanking (China), el principal frente de guerra contra Japón.

John Miller (Christian Bale) es un americano, trabajador en una funeraria a quien, en medio del campo de batalla, le encargan que vaya a la catedral, a enterrar al sacerdote católico que acaba de fallecer. Una vez ahí, se dará cuenta de que es el único adulto y, en contra de su voluntad, tendrá que pasar por el cura y hacerse cargo de unas quince niñas alojadas en el orfanato anejo al templo y un adolescente que había adoptado el sacerdote fallecido. Poco después, buscarán refugio en el mismo lugar, varias prostitutas de lujo de un burdel cercano a la iglesia.

Tiene algo de errante –describe Bale a su personaje–; es un oportunista y un tipo al que le gusta pasar un buen rato. Se le ha enseñado a trabajar en el negocio de las pompas fúnebres, y es un trabajo de enterrador el que le lleva a Nanjing; pero repentinamente se encuentra atrapado en una zona en guerra. El sólo piensa en ganar algo de dinero y salir de allí. Pese a ello, y contra lo que él cree que es su forma de pensar y de ser, se ve arrastrado por los acontecimientos que le rodean. Se descubre transformándose de alguien que solo pasaba por allí, alguien sin lazo alguno con aquellas personas que intentan sobrevivir en su entorno, a alguien mejor de lo que era, que se involucra profundamente en esa causa”.

Dice el director chino estar sorprendido por la capacidad que tiene el espíritu humano de sobreponerse a situaciones realmente críticas como una guerra y realizar, a pesar de todo, actos verdaderamente heroicos. Nuestras niñas protagonistas, Miller –hombre sin norma moral, pícaro y borrachín al principio–, y las señoritas del burdel, crecen a marchas forzadas y muestran una historia muy humana, que emociona. No obstante, presenta a los japoneses con una brutalidad descarnada, y peca de una visión muy maniquea. Parece que sean hombres sin alma, capaces de matar a sangre fría y buscar su placer sexual a cualquier precio.

La historia, por tanto, no se centra en la guerra “a pie de calle”, sino más bien en la “guerra interior” a la que deben hacer frente cada uno de los protagonistas que –todos ellos (ellas, fundamentalmente)– tienen un único fin: salvar su propia vida. Por eso, tendrán que superar la visión chata y egoísta de sí mismos, para ver que el otro también tiene su dignidad. El director de Las Flores de la Guerra explica:

No importa qué guerras o desastres tengan lugar en la historia, lo que rodea esos momentos es la vida, el amor, la salvación y la humanidad. La naturaleza humana, el amor y el sacrificio: esos son los elementos verdaderamente eternos. Para mí, el evento es el contexto histórico de la película. Pero la pregunta que perdura es cómo el espíritu humano puede crecer y desarrollarse incluso en tiempos de guerra”.

Así es esta película: una historia realmente conmovedora pero muy dura –demasiado, en mi opinión– en la plasmación de la guerra y en la escabrosidad de las violaciones y demás escenas sensuales y sexuales –“¿dónde está lo poético de lo omitido en el cine de hoy?”, me pregunto…

Por otro lado, curiosamente –“curioso”, precisamente por el entorno en el que sucede la historia–, la presencia de Dios luce por su ausencia: una vez se nombra al Altísimo, pero sólo como “arma arrojadiza”; y, por más que diga la niña protagonista que “nunca vio rezar a alguien así”, nadie reza. ¿Crece el “espíritu humano” del que habla Yimou? Sí, mucho. Pero se echa de menos a Quien más lo hace crecer. Tratándose de un director agnóstico o no creyente (por lo menos es lo que parece), debería haber profundizado un poco más en cómo alguien con formación más o menos cristiana –las niñas y Miller, la tienen–, ante situaciones difíciles, algún momento de diálogo hacia el de Arriba, tiene que haber. Alguno. Vaya como ejemplo, cuando  intentan arrancar el camión, y parece que no lo van a conseguir: “¡pide ayuda, hombre!”. Es lo que sale del corazón. “¿Por qué no lo hará?”.

Una película un demasiado larga; buena en su plantel de actores; espectacular en su recreación de la guerra y la banda sonora; pero muy dura. Quiere, el director, crear este contraste entre las flores de intenso color –las vidrieras, los vestidos de las señoritas, el rojo ensangrentado de las cuerdas del instrumento musical…– y lo negro y gris de una guerra –cualquiera–, pero llega a tal punto lo explícito, que se hace desagradable. Y entonces, se queda sin una brizna de esperanza… espiritual.