Cine


solo

Esta semana he empezado una colaboración con Aceprensa cine. Ahí escribiré alguna reseña de vez en cuando. En estos casos, simplemente añadiré aquí algunas ideas, brevemente (comienza, así, una nueva “sección”) y, al final, el enlace a la reseña:

La película: Seguimos con los spin-off de la saga galáctica. El turno está en el personaje más carismático, que quitó protagonismo al de Luke Skywalker, gracias, sobre todo, a Harrison Ford.

Recomendada: para todos los amantes de la saga de La guerra de las galaxias y que quieran seguir disfrutando con una historia entretenida.

Que se abstengan: 1. Los fans que busquen a un “Harrison Ford 2”. No: es Alden Ehrenreich, y pienso que es bueno verlo así. Porque no lo hace mal.  2. Los que no soportan ninguna película de la creación de George Lucas.

Nota: 7/10.

Completamente.

Anuncios

ready-player-one

Steven Spielberg en su salsa: años 80 + ciencia ficción + anhelo de la infancia y necesidad paterna/materna. Todo ello, en Ready Player One. ¿Cuál es el resultado? Una película muy entretenida (para aquellos a quienes gusta este tipo de historias y cine), pero que no va a pasar como una de las grandes del Rey Midas de Hollywood.

2045 –no parece casualidad esta fecha elegida–, en un mundo distópico (concretamente en un triste, sucio y gris barrio de chabolas puestas una encima de la otra, cual edificios de dudoso equilibrio), vive con su tía Wade Watts (un irreconocible Tye Sheridan que debutó como niño en El árbol de la vida, 2011). En “un pequeño rincón de la nada”, como dice. Para más señas, huérfano de padre y de madre. Y en ese barrio habitan miles de personas hacinadas que, para evadirse de la realidad, se refugian en OASIS, una realidad virtual creada por el difunto James Halliday –interpretado por el ya “actor fetiche” de Spielberg Mark Rylance–, donde “puedes ser lo que quieras ser y hacer todo lo que quieras hacer” a través de un avatar (es decir, en completo anonimato). Un lugar perfecto en el que, quien quiera, puede competir para encontrar el “huevo de pascua” que dejó Halliday antes de morir y convertirse en el heredero de su fortuna.

Watts, bajo el avatar Percival y con la ayuda de otros, especialmente de Samantha / Art3mis (Olivia Cooke), parece dispuesto a conseguirlo. No obstante, Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), empresario con un ejército de empleados avatares a su disposición, está dispuesto a lo que sea para impedírselo.

Al parecer, la película se aleja mucho del bestseller que adapta, cuyo autor, Ernest Cline, también firma el guion, con Zack Penn. En las redes, unos dicen que la mejora y, otros, que les habría salido más barato no comprar los derechos –cambiando el título– de algo que ni le llega a los talones. No lo sé porque no he leído la novela, pero, sinceramente, esta nueva historia del director de Cincinnati me ha animado a hacerlo. Y es que Ready Player One te hace pasar un muy buen rato, tiene momentos divertidos, acción y plantea temas interesantes –solo los plantea, todo hay que decirlo: no da para más y mejor era, en este sentido Minority Report– sobre qué estamos haciendo con nuestro pequeño maravilloso mundo y si no nos estaremos aislando demasiado en un mundo virtualmente falso.

[seguir leyendo en cinemanet.info, donde se publicó este artículo].

Blade-Runner-2049-1

Es un tópico, lo sé, pero cuando cuando realizas una segunda parte, ésta depende mucho de la primera: ni puedes alejarte demasiado de ella –más cuando tu predecesora es una película “de culto”, como es el caso que nos atañe–, ni debes pretender contar lo mismo desde otro punto de vista o cambiando las situaciones y ya está: pensar que así puedes intentar engañar a cuantos más espectadores mejor, siguiendo el malogrado lema de “coge el dinero y corre”, que popularizó Woody Allen

Blade Runner 2049 es un poco de cal y otro de arena. No era necesaria una segunda parte de la mítica –al principio, fracasada– Blade Runner, pero ya se sabe cómo va esto de la falta de ideas y la necesidad de hacer caja. Innecesaria, pero sale airosa. No es una obra maestra, como han dicho algunos, aunque se deja ver (o más que eso). El “problema” es que está muy ligada a la de 1982. Aquella, a través de una historia muy sencilla –que no simple– trataba temas de gran profundidad humanística. En esta, buscando actualizar tecnológicamente su predecesora y crear una historia para impactar al público actual acostumbrado a grandes superproducciones, Denis Villeneuve dirige una película con una espectacular ciudad de Los Ángeles del futuro al más puro estilo cyberpunk que ya tenía la anterior, con unos efectos especiales a la altura de las circunstancias y una muy buena recreación de la patética ambientación –pienso que nadie querría vivir ahí–, también allende los límites de la ciudad…; y, en medio de todo eso, “mete”, por decirlo de algún modo, toda la carga humanística que tenía Blade Runner. Un poco como con calzador. Es decir: menos poesía y mucho espectáculo. Se repite, por ejemplo, la famosa frase de “más humanos que los humanos”, pero, aquí, suena forzada. Simplemente para homenajear la primera. La profundidad está supeditada a la espectacularidad.

Dicho de otra forma: mucho continente para un contenido que no muestra nada nuevo. Sigue hablando de cuestiones profundas, sí, pero no aporta nada a lo que ya planteaba Blade Runner: sobre la paternidad/maternidad, el sentido de la vida, quiénes somos y a dónde vamos, felicidad, vida y muerte…

Sigue leyendo en Cinemanet.

timecode

Esta noche sabremos si Timecode se lleva el Oscar al mejor cortometraje, que bien merecido se lo tiene. Si, por lo que fuera, la Academia acaba por no premiarlo, no sé si será injusto (no he visto los otros), pero sí que no habrán sabido apreciar de verdad lo que tienen delante.

En realidad, tiene muchos puntos para ganar: es el más corto (apenas 15 minutos, sobre los  30 o más de los otros cuatro candidatos), el más alegre (entre comedia y romance, Timecode te arranca una sonrisa de la boca, al final; mientras que las otras historias son dramáticas), muy original, sencillo, poético.

De la historia se puede decir poco: Luna y Diego, vigilantes de párquing -¡algo aparentemente tan anodino y gris como un párquing!-. Ella en el turno de día; él, en el de noche. Un día, por la petición de un cliente, Luna descubre el secreto más guardado de Diego. Entonces, empieza una historia de amor, dialogada simplemente con el saludo de rigor durante el cambio de turno, y… unos códigos de tiempo.

Hace poco, hablaba con unos amigos sobre Timecode, después de verlo en TV3 -inciso: ¡¿Por qué es tan mala la distribución de los cortometrajes, en España?!- y yo decía que era una gran historia de amor. Unos me respondían: “Ok, puede ser; pero, ¿en qué se manifiesta? No hay ningún beso, ni nada que lo lleve a pensar”…

¡Oh! ¡Cuánto mal hace estar imbuidos en el cine de solo imágenes y efectos especiales! Necesitamos ver sexo, besos, oír… algo que me hable específicamente de amor; pero no aceptamos lo poético, donde a menudo hay mucha más amor realidad: ¡Qué pena! “Lo que pueden decir los ojos”, dice Lali Ayguadé (Luna) en esta entrevista.

Timecode -como el buen cine- es poesía: de la muy buena. Y la poesía, hay que saber leerla: el arte de mostrar sin mostrar. El cine de entretenimiento está muy bien porque…, eso: entretiene. Como el “universo Marvel”. Pero hay mucho más. Y, si no se entiende… vuélvelo a ver: “¡Que no hay nada que enteder!”, me dijo Arturo Méndiz, uno de los productores que ahí está, en Hollywood, esperando poder levantar la estatuilla.

Timecode es muy buen cine -como La La Land, que tuve la suerte de ver ayer: ¡magnífica!- y bien se merece el Oscar que, además, hará historia en nuestro país: el primer cortometraje español premiado en la Academia de Cine americana.

Una buena excusa para retomar (espero que para más tiempo) este blog.

the-damned-united

Si uno no es un gran seguidor del fútbol –como es mi caso– y, sí un gran aficionado al cine –como también es mi caso–, le gustará The Damned United. No porque a los que les gusta el fútbol no se la recomienda –todo lo contrario–, ni porque sean excluyentes una cosa de la otra, sino sencillamente porque estamos ante una gran película que podría parecer que habla de fútbol, pero que, en realidad, habla de una persona que se ha dedicado al fútbol. No es lo mismo.

The Damned United cuenta la historia de un entrenador muy peculiar –Brian Clough, interpretada excelentemente por Michael Sheen– que duró tan sólo 44 días al frente del Leeds United y que hizo algo que no ha hecho nadie más en la Premiere, la liga de fútbol inglesa: subir a primera, equipos de “auténtica segunda”. Un hombre peculiar –muy peculiar–, con un carácter también muy fuerte que a más de uno nos ha recordado a alguien que sonaba mucho en las portadas de los periódicos deportivos españoles de los últimos meses.

Y lo cuenta de un modo también muy peculiar y original: con unos flash backs y flash forwards continuos con los que el director, Tom Hooper –y el guionista, el mismo que el de la magnífica El discurso del ReyPeter Morgan– van como marcando la personalidad de este entrenador.

No es mi propósito alargarme aquí. Simplemente me gustaría destacar algo que me ha llamado mucho la atención y quiero destacar en este cinefórum. Según muestran Hooper y Morgan en esta gran película, Clough tiene una gran capacidad de liderazgo; pero con una particularidad: lo pierde –casi automáticamente– cuando se aleja de su amigo, porque cree que ya no lo necesita: su gloria, es suya, no de los dos. Y no. Eso es vana-gloria.

Ser líder implica, entre muchas otras cosas, ser capaz de reconocer los errores propios y de que, con los demás, siempre se puede ser más. Mucho más. Y esto, en The Damned United se ve muy bien.

elviolinistasobreeltejado4mf3

En Anatevka, una aldea imaginaria de Ucrania –a caballo entre el S. XIX y XX– viven judíos y ortodoxos en armonía casi perfecta. En realidad, apenas se relacionan y así están tranquilos. Es el declive de la época de los zares: el reinado de Nicolás II –famoso, entre otros motivos, por los progromos antisemitas que se produjeron durante su gobierno– acabó en 1917 (él y toda su familia fueron asesinados), con la Revolución rusa, cuyas raíces también se ven reflejadas en esta película.

Pues bien, en este pequeño y pobre pueblo vive Teyve (Chaim Topol), el lechero, con su mujer Golde (Norma Craine) y sus cinco hijas. Como buenos padres judíos, su preocupación principal es buscar los maridos ideales para cada una de ellas, y mejor que sea rico o, por lo menos, con una herencia que les permita vivir más allá de su capacidad actual.

Por tradición, es al padre a quien pertenece el derecho de elección y de cerrar el trato para el casamiento; pero los tiempos están cambiando y una tras otra, le van rompiendo los esquemas: la primera se casa con un pobre sastre, casi sin previo acuerdo con el padre; la segunda, se enamora de un judío revolucionario que será exiliado a Siberia en los sucesos de 1905; y la tercera se casa secretamente con un ortodoxo. Las tradiciones en esta aldea –las tradiciones judías– son muy fuertes y, aunque va aceptando poco a poco estos cambios, no puede ni aprobar ni bendecir lo de la tercera hija, porque hace violencia directa contra la religión.

¡Ai, si no fuera por las tradiciones! Es el tema entorno al cual gira toda esta historia. Así lo cuenta Teyve al comienzo de la película:

Parece cosa de locas, ¿verdad? Pero aquí, en nuestro pueblo de Anatevka, cada uno de nosotros es como un violinista en el tejado que intenta ejecutar una melodía grave y sencilla, sin romperse la cabeza. No es fácil, ¿verdad? Tal vez nos preguntan ustedes que por qué nos subimos ahí, si es tan peligroso…; pues si subimos es porque Anatevka es nuestro hogar… Y ¿cómo guardamos el equilibrio? Puedo decirlo con una palabra: ¡Tradición! La Tradición es lo que nos ha permitido guardar el equilibrio durante muchos, muchos años… Sin todas estas tradiciones, nuestra vida sería como un violinista en el tejado“.

Así, el misterioso personaje de el violinista –que sólo parece estar en el pensamiento de Teyve– es tanto metáfora de la inestabilidad de la  historia de los judíos –que tan condenados a la vida nómada han sido a lo largo de los siglos–, como de las tradiciones mismas que, o las tomas, o las dejas… o haces equilibrio e intentas hacerlas compatibles con aspectos de la vida que sí tienen que –o pueden– cambiar. Y también se pueden como actualizar, que es lo que pasa en la fantástica historia de amor de la canción “Do you love me?”

El violinista en el tejado, es una película que hay que ver varias veces. Es un musical espectacular de tres horas –con el clásico “entreacto” a la mitad–, que te hace pasar un rato muy divertido (Topol es un genio de de la interpretación, el baile, la canción), y dramático a la vez: porque es la historia dura que tuvieron que correr los judíos, también en Rusia. Todos los personajes están interpretados con mucho… cariño –esta es la palabra justa– y hay algunas canciones realmente memorables: no sólo el mítico “If I were a rich man”, sino también la ya citada “Do you love me”, o “Anatevka”, “To life!”, y tantas más.

Lo más interesante de la película –a mi entender– es la importancia que se da a Dios. Me hace mucha gracia el diálogo continuo que tiene el protagonista con Él, que, aunque me parece que es una relación fraternal con el Altísimo más propia del cristianismo que del judaísmo, llena de ternura todo el metraje. Topol consigue hacer presente a un Dios muy amigable, a quien se puede dirigir para pedir aunque sea un poco de riqueza –”a small fortune”–, o una máquina de coser –siendo muy consciente de que suficientes problemas tiene con las guerras en el mundo–, o cuidar de que siempre tenga abrigo lu hija que se va a Siberia por amor…

Efectivamente, no creo que haga falta ser muy creyente para darse cuenta de que es esta fe en un Dios cercano –el diálogo que es oración constante– el que hace que estas familias que acabarán siendo echadas de su querida Anatevka, lo vivan todo con optimismo. Un optimismo que impregna al espectador y que lleva a querer ver –y escuchar– de nuevo esta genial película.

Os dejo con uno de los mejores momentos:

cuestiondeprincipios

Adalberto Castilla tiene dos principios fundamentales: “no todo se puede comprar con dinero” y “los Castilla nunca se endeudan”. Con ellos, vive feliz: está casado, tiene un hijo, un trabajo nada del otro mundo, pero acomodado… La cosa cambia cuando llega un nuevo jefe, Silva: un pijo yuppie, mucho más joven que él, divorciado y con una hija. Éste, cree que puede conseguir cualquier cosa con un poco de dinero encima de la mesa, y resulta que Castilla tiene el único número que le falta para completar la colección de una revista literaria. Está dispuesto a pagar lo que sea, pero Castilla no quiere por una cuestión de principios: en ella sale su padre en una foto y eso le da un gran valor afectivo. Sarita –su mujer– no lo entiende: con ese dinero podrían comprar un coche, pagar el viaje de estudios de su hijo…; pero él no está dispuesto a saltarse algo que es tan de su fuero interno.

Cuestión de principios es una comedia de esas para pasar un buen rato. Pero no sólo. Es una comedia profunda en la que se habla de la importancia de la familia, de la amistad, del papel que realmente tiene –o debería tener– el dinero y del valor que tiene el ser personas enteras: de una pieza.

Silva lo tiene todo, pero vive solo, amargado. Y Castilla, no pide nada y… aparentemente, también lo tiene todo. El problema es que tiene que saber conjugar esos dos principios que veíamos más arriba: a la vez. Y no es fácil.

Norma Aleandro y Federico Luppi –Sarita y Aldaberto respectivamente– actúan magistralmente y hacen una pareja realmente divertida y simpática. Bordan una película que, a pesar de ser hablada en un argentino muy cerrado que a veces cuesta un poco de entender, está muy bien hilvanada y va tocando los temas ético-morales con mucho cuidado –sin sermonear–, pero con decisión.

Porque es verdad que no todo se compra con dinero; pero también que no nos podemos ni dejar llevar por sentimentalismos pegajosos que no nos dejan desprendernos de lo que, en realidad, no vale ni un duro –un ‘céntimo’, tendría que decir—, ni que hay momentos en la vida en que uno tiene que humillarse… por los demás.

Es lo que más me ha gustado de esta película: que el viejo Castilla necesita descubrir el valor de lo que tiene más cerca, precisamente olvidando alguno de esos “principios”; pero, en cierto sentido, sin olvidar qué es lo realmente importante. Me acordé de lo que cuenta Rusell al Sr. Fredricksen, en Up –a mi entender, una de las mejores de Pixar– sobre las cosas que más y hacía con su padre:

Y después nos íbamos a comprar un helado a la esquina. Yo me pedía uno de chocolate y él de caramelo. Después nos sentábamos en el bordillo de la calle y yo contaba todos los coches azules y él los rojos y el que contase más, ganaba. Me encanta ese bordillo.

… Puede que suene aburrido, pero las cosas que más recuerdo son precisamente las cosas aburridas.

Castilla –y su mujer– descubre que lo más aburrido –pasear por la calle, comprar juntos, hablar… o simplemente mirarse– es lo que hace bella y grande la vida. En definitiva, que el amor crece cada día un poco y que para enamorar al otro, no son necesarias ningunas cataratas del Niágara. Y eso, Silva no lo sabe.

Página siguiente »

Anuncios