farwest-index-1060018

Me ha gustado mucho este cortometraje, de Álvaro Hernández. A él no le conozco, pero sí a algunos de los que en él han trabajado. Y es un trabajo excelente.

Aunque no lo parezca, ha sido realizado en España, pero al más puro estilo de las pelis farwest: las de siempre. Bien dirigido, bien escrito: poco a poco va dando la información necesaria para que, al final, atemos cabos. Así son los buenos cortometrajes, ¿no? Pequeñas anécdotas o sucesos del día a día que sólo son verdaderas historias interesantes para el ojo más observador. Quizá los actores son un poco “teatreros”, pero no lo hacen mal.

No me enrollo: os lo dejo. Vale la pena…

caballo-de-batalla

Esta es la historia de un caballo domado por Albert, hijo de un testarudo y pobre granjero, que después es vendido a un capitán inglés en su camino a la guerra –la Gran Guerra– y de cómo va pasando de mano en mano, ya sea porque es requisado, robado… o sencillamente porque su propietario ha muerto o ha sido asesinado…

Visto así, no hay quien siga. Pero no: hay más. En primer lugar, se trata de una fábula. La película que adapta la novela relatada por el propio caballo, escrita por Michael Porpurgo y que dirige genialmente –no podía ser de otro modo, viniendo del Midas de Hollywood Steven Spielberg es una fábula que habla de amistad y fidelidad, integridad y valentía. Humanidad, en definitiva. Aquí, los guionistas han decidido no dar voz al caballo –supongo que se agradece–, pero sí cobra un gran protagonismo y es el hilo conductor que nos lleva por los distintos bandos del conflicto y los variados campos de batalla.

Así, pues, nos encontramos ante una nueva película de guerra de Spielberg, pero sin profundizar en lo macabro de la situación. Todo lo contrario. Hay una batalla, en Francia, que recuerda un poco al desembarco de Normandía que filmó para Salvar al soldado Ryan (1998), pero esta vez no es tan sanguinaria como ésa. Aquí, el creador de E.T. prefiere explicar que en una guerra hay muchas personas buenas –en los dos bandos, aunque es verdad que carga mucho las tintas en los “futuros nazis”– que superaron miedos dándose a los demás. Incluso, se permite “el lujo” de ironizar sobre los grandes combates en la gran secuencia del caballo atrapado entre los alambres, en tierra de nadie: cuando es cuestión de ayudar “al más necesitado” (en este caso, el caballo), no hay enemistades que valgan. De hecho, es el guiño que hace a Feliz Navidad (2005): uno más entre los muchos que hay, como los que hace a John Ford o, incluso, a Lo que el viento se llevó (1939).

¿Estamos ante una obra maestra? No es de las grandes del director de Cincinnati, pero sí es buena, aunque muy larga –demasiado, sobre todo al comienzo–. La música, de su inseparable John Williams contribuye a hacerla muy épica, pero las aspiraciones generales se quedan cortas. Como ya vimos en Inteligencia Artificial (2001) o Minority Report (2002), a Spielberg le cuesta trascender.

Pero es una fábula. Lo repito de intento. Donde el valor de la amistad cobra mucha fuerza. No por la “amistad” entre el chico Albert y su caballo –al fin y al cabo, la amistad es siempre entre iguales–, sino por las múltiples relaciones que surgen entre todos los personajes. Es por eso que no hay ni buenos, ni malos: como el caballo va cambiando de manos, también lo hace –digamos– nuestro punto de vista. Los malos, lo son, porque se han corrompido (o les han corrompido). Es aquí donde Steven Spielberg remarca esta apuesta humanitaria. Aunque la constante exaltación del animal y, quizá, el demasiado sentimentalismo puedan hacer que cueste mantener el pacto de lectura propio de una fábula. En definitiva: un cuento fantástico de donde puedo sacar muchas y grandes –y buenas– conclusiones.

babette

El cine es un arte y el buen arte se deja ver y re-ver; contemplar. Quizá, cabría afirmar que el cine, como el buen vino, madura con el tiempo. Aunque, en realidad, quien madura o no es el espectador que ve en el cine –en las grandes películas–, una verdadera obra de arte con la que uno no sólo disfruta, sino que se siente interpelado. Por eso, hay películas que vale la pena volver a ver muchas veces para aprender a apreciarla cada vez con más detenimiento.

El festín de Babette ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1987 y es uno de esos filmes que agradeces de corazón su vuelta a las pantallas grandes, al cumplir 25 años. Vale mucho la pena degustarla nuevamente –nunca mejor dicho, para esta película de Gabriel Axel, que también escribe el guión, adaptando la obra homónima de cuento original de Karen Blixen, más conocida como Isak Dinesen (este era su pseudónimo), autora de otra gran obra llegada al cine, Memorias de África (1985). (más…)

sol

Quería empezar el año con buen pie. Y no sé: supongo que lo habré conseguido; la cuestión está en seguir así y mejorar aún. El otro día, un amigo hizo un brindis de cine. No sólo porque me gustó, sino porque hizo expresa referencia hacia el Séptimo Arte. Fue escueto y decía algo así:

El cine –el buen  cine– es el que está creado por buenas historias; pero también buenos y grandes personajes. Ver cine del bueno es un acto que remite en nuestro propio interior y nos lleva a querer ser mejores personas y, así, escribir una historia –la de cada uno– que transforme de verdad el mundo. No es necesario ser un súper héroe para llegar a ese punto; pero sí es necesario quererlo. Ojalá que este año 2013 nos permita gozar de grandes películas  que nos lleve a querer mejorar el mundo, empezando por lo que tenemos alrededor.

Ya ya está. Se llevó un aplauso: bien merecido, pienso.

Poco después vi un pequeño vídeo que me recordó las palabras de mi amigo. Hablaba de la capacidad de formar grandes pequeñas esculturas trabajando con paciencia y mimando el más mínimo detalle. Pensé en mi amigo porque me pareció que hablaba del modo en cómo se forman los buenos personajes y, en definitiva, las buenas personas. Es el arte de lo pequeño, el arte de lo bello.

Por un momento, imagínate que estás en la fiesta de una boda. Imagínate que estás bailando con tu hija, subido en un estrado; y como tú y tu hija, muchos más. Y que, justo al lado, tienes a una gorda -sí: una señora gorda- a la que también le gusta bailar pero que no controla demasiado sus movimientos y que, de repente, esa gorda -sí: esa señora gorda-, sin quererlo -ni se da cuenta-, te mete un viaje con todo su trasero y tú te caes estrado abajo, aterrizando con la parte del cuerpo donde la espalda pierde su dignidad. Ves las estrellas, así es. Y no solo eso. Imagínate que, no sabes cómo, ves a esa señora gorda -sí: la gorda-, por todos lados. En la oficina, por la calle, en tu casa…

Esto es lo que le pasa a Manolo. Su mujer no acaba de creerle; de hecho, se parte el bazo ante las ocurrencias de su marido. Pero, por si acaso, le dice que vaya al médico que le encarga un TAC. Y ahí, conocerá a Antonio, un chaval canario, muy descarado, hijo de madre soltera, que tiene un cáncer y sabe que va a morir. Lo que no sabe Manolo es que ese chico le va a cambiar la vida. Por completo: la suya y la de su familia.

Si cae en tus manos esta película -ahora en DVD-, por favor, toma asiento y descansa. Desternillante, es poco. Con un humor, sincero y sano. Paco Arango, el director, con esta simpática historia basada en hechos reales consigue algo nada fácil de hacer: hablar de un drama -la historia de un niño que se va a morir- de modo muy divertido. Pero sin ser superficial. Nada más lejos de la realidad: combina muy bien la lágrima y la sonrisa, tocando temas trascendentales para la vida como son la fe -¡en Dios, sí! ¿Por qué habrá tantos que le temen?-, la fidelidad, la amistad, la fraternidad, el perdón…, sin que chirríe ni suene a cosa artificial.
(más…)

No sabemos muy bien en qué época estamos; pero a Aki Kaurismäki, tampoco le interesa. De hecho, a propósito confunde: hospital y coches de los años 60 con móviles y temor a una nueva amenaza de Al Qaeda, inmigración… Es una época cualquiera, de un lugar cualquiera, de una gente cualquiera. ¿Surrealista? Sí, un poco. Pero para mostrar lo importante de la trama: el bien, existe.

(más…)

Hay algo que me ha llamado mucho la atención, en esta nueva película de los hermanos Dardenne. Su música. O mejor: su casi ausencia de música. Tan solo una sinfonía de Beethoven, incoada varias veces, y solamente seguida y terminada al final de la película, cuando acaba la historia. Como si los dos hermanos franceses quisieran decir: “aún no toca; aún se puede contar más y podemos hallar un final feliz”. O no: porque El niño de la bicicleta habla de nuestra vida: de la de hoy y de la civilización que nos rodea: en la que hemos caído o hemos provocado…

Cyril (Thomas Doret, en un papel debutante muy bien llevado a la pantalla) es un chico de doce años, abandonado por su padre en un orfanato, en principio temporalmente. En principio: el padre se ha ido. No es capaz de mantener a su hijo, y se va. Quiere emprender una nueva vida, sin el niño, que insiste en llamarle y en contactar con él: como sea, incluso escapándose, si es necesario. En una de estas escapadas, se cruza por su camino Samantha (Cécile de France), una peluquera de la zona que, viendo la situación, decide adoptar a Cyril los fines de semana.

(más…)