for-greater-gloryCon visión humana, un hecho parece cierto: Dios tiene, a veces, unos caminos muy difíciles de comprender; pero, tarde o temprano, uno acaba viendo aquello de que todo es “para mayor gloria de Dios”. Así reza el título de esta película que se estrena en España, el próximo 5 de abril, después de ser presentada –muy discretamente– en Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud (agosto 2011), aún sin haber sido el estreno oficial, en abril del año siguiente.

For Greater Glory. La verdadera historia de Cristíada (o simplemente Cristíada, en México, donde fue un gran éxito) cuenta una historia que, desde siempre, ha sido un tabú en ese país latino. Y sigue siéndolo. Una guerra entre hermanos –una guerra civil–, que costó la vida de mucha gente.

En 1917, el gobierno mexicano instaura una constitución claramente anti católica. Con la llegada al poder de Plutarco Elías Calles (1924) empieza a aplicar a la fuerza la carta magna y siembra el terror en la tierra de la guadalupana. Pero el pueblo mexicano no quiere quedarse de brazos cruzados y organiza “La Liga”, un grupo repartido por todo el Estado que acabará armándose y organizando un ejército, al mando del agnóstico Enrique Gorostieta (interpretado con mucho arte por Andy García). De los cristeros, estaban los que decidieron pelear con las armas y, otros, con la paz.

Dean Wright “tan solo” había trabajado en cine como creador de efectos especiales. Digo “tan solo”, entrecomillado, porque no eran precisamente en películas de poca monta: en la segunda y tercera parte de El Señor de los Anillos, en el Titanic de James Cameron, en Las Crónicas de Narnia IAquí, debuta como director, y traspasa a los fotogramas una historia real –muy dura– sobre la Guerra Cristera (1926-1929). Él y Michael Love, guionista, han hecho una película muy digna y muestra los hechos tal como fueron: los que causaron muchos mártires, alguno de los cuales –entre los que destaca el niño José L. Sánchez del Río, de 13 años–, han sido beatificados y/o canonizados por Juan Pablo II y por Benedicto XVI [se puede leer una crónica muy buena de los hechos en esta página, que muestra las brutalidades a las que se vieron expuestos los mártires y que en esta película se muestran con muchísima más suavidad. Al martirio de Anacleto González, por ejemplo, me remito].

Acusaciones injustas

Algunos la han acusado de ser partidariamente pro-católica; pero me parece del todo injusto. En For Greater Glory no hay maniqueísmo. En los dos bandos meten la pata y provocan todo tipo de tropelías. Incluso, en un momento de máxima exaltación, uno de los sacerdotes protagonistas, rifle en mano, ordena quemar un tren entero… lleno de pasajeros. Será una culpa que le perseguirá el resto de su vida, aún sabiendo que la Confesión le permite redimirse (cosa que no pueden –y se nota, en la película, los del gobierno anti-católico–).

Digo que es injusta esta crítica porque, entre otras cosas, lo mismo deberíamos decir, llamándola pro-judía, de La Lista de Schindler o cualquier otra donde se cuente la realidad de lo que fueron los campos de concentración durante la II Guerra Mundial. Ahí, Spielberg no me parece que haga propaganda: simplemente muestra unos hechos que nadie con dos dedos de frente se atreve a negar. Cristiada es una película contada por un presbiteriano estadounidense impresionado por una historia de heroísmo, de gente normal que se levanta en grito de defensa de su libertad. No por fanatismos; sino porque aman lo que creen. Hubo errores, sí. Pero la historia de los mártires es así: personas normales que dan la vida por quien saben que es mucho mayor que lo que, en principio, pierden (for greater glory).

Me parece espectacular –por muy intensa y metafórica– la secuencia del martirio de Joselito, beatificado el 20 de noviembre de 2005, por el Card. José Saraiva, en nombre del Papa. Con un particular via crucis, su stabat –su madre al pie del patíbulo–, y la crudeza de los soldados que lo ejecutan sin piedad.

Aunque tiene algunos breves momentos que pierden fuelle, las poco más de dos horas de metraje se siguen con mucha inquietud gracias a que está muy bien contada y no me parece que recurra a la que podría haber sido una trampa fácil: el sentimentalismo. Y a pesar de no haber tenido un gran presupuesto (comparado con lo normal en este tipo de producciones) –se nota, sobre todo, en las batallas–, la ambientación está bien recreada, la música hace honor a su compositor, James Horner (Braveheart, La máscara del zorro, Cocoon…), y tiene un buen plantel de actores: Andy García, Peter O’toole, Eva Longoria o Eduardo Verástegui.

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En el Evangelio, Jesús dice que las prostitutas y los niños nos precederán en el Reino de los Cielos. Y así, parece querer mostrar el director de esta película –la más cara a de la historia del cine chino– que se acaba de estrenar en España. En realidad, Zhang Yimou, sorprendido por una historia de heroísmo ordinario, simplemente filma la adaptación de una novela que cuenta una historia real que sucedió en 1937, en la ciudad de Nanking (China), el principal frente de guerra contra Japón.

John Miller (Christian Bale) es un americano, trabajador en una funeraria a quien, en medio del campo de batalla, le encargan que vaya a la catedral, a enterrar al sacerdote católico que acaba de fallecer. Una vez ahí, se dará cuenta de que es el único adulto y, en contra de su voluntad, tendrá que pasar por el cura y hacerse cargo de unas quince niñas alojadas en el orfanato anejo al templo y un adolescente que había adoptado el sacerdote fallecido. Poco después, buscarán refugio en el mismo lugar, varias prostitutas de lujo de un burdel cercano a la iglesia.

Tiene algo de errante –describe Bale a su personaje–; es un oportunista y un tipo al que le gusta pasar un buen rato. Se le ha enseñado a trabajar en el negocio de las pompas fúnebres, y es un trabajo de enterrador el que le lleva a Nanjing; pero repentinamente se encuentra atrapado en una zona en guerra. El sólo piensa en ganar algo de dinero y salir de allí. Pese a ello, y contra lo que él cree que es su forma de pensar y de ser, se ve arrastrado por los acontecimientos que le rodean. Se descubre transformándose de alguien que solo pasaba por allí, alguien sin lazo alguno con aquellas personas que intentan sobrevivir en su entorno, a alguien mejor de lo que era, que se involucra profundamente en esa causa”.

Dice el director chino estar sorprendido por la capacidad que tiene el espíritu humano de sobreponerse a situaciones realmente críticas como una guerra y realizar, a pesar de todo, actos verdaderamente heroicos. Nuestras niñas protagonistas, Miller –hombre sin norma moral, pícaro y borrachín al principio–, y las señoritas del burdel, crecen a marchas forzadas y muestran una historia muy humana, que emociona. No obstante, presenta a los japoneses con una brutalidad descarnada, y peca de una visión muy maniquea. Parece que sean hombres sin alma, capaces de matar a sangre fría y buscar su placer sexual a cualquier precio.

La historia, por tanto, no se centra en la guerra “a pie de calle”, sino más bien en la “guerra interior” a la que deben hacer frente cada uno de los protagonistas que –todos ellos (ellas, fundamentalmente)– tienen un único fin: salvar su propia vida. Por eso, tendrán que superar la visión chata y egoísta de sí mismos, para ver que el otro también tiene su dignidad. El director de Las Flores de la Guerra explica:

No importa qué guerras o desastres tengan lugar en la historia, lo que rodea esos momentos es la vida, el amor, la salvación y la humanidad. La naturaleza humana, el amor y el sacrificio: esos son los elementos verdaderamente eternos. Para mí, el evento es el contexto histórico de la película. Pero la pregunta que perdura es cómo el espíritu humano puede crecer y desarrollarse incluso en tiempos de guerra”.

Así es esta película: una historia realmente conmovedora pero muy dura –demasiado, en mi opinión– en la plasmación de la guerra y en la escabrosidad de las violaciones y demás escenas sensuales y sexuales –“¿dónde está lo poético de lo omitido en el cine de hoy?”, me pregunto…

Por otro lado, curiosamente –“curioso”, precisamente por el entorno en el que sucede la historia–, la presencia de Dios luce por su ausencia: una vez se nombra al Altísimo, pero sólo como “arma arrojadiza”; y, por más que diga la niña protagonista que “nunca vio rezar a alguien así”, nadie reza. ¿Crece el “espíritu humano” del que habla Yimou? Sí, mucho. Pero se echa de menos a Quien más lo hace crecer. Tratándose de un director agnóstico o no creyente (por lo menos es lo que parece), debería haber profundizado un poco más en cómo alguien con formación más o menos cristiana –las niñas y Miller, la tienen–, ante situaciones difíciles, algún momento de diálogo hacia el de Arriba, tiene que haber. Alguno. Vaya como ejemplo, cuando  intentan arrancar el camión, y parece que no lo van a conseguir: “¡pide ayuda, hombre!”. Es lo que sale del corazón. “¿Por qué no lo hará?”.

Una película un demasiado larga; buena en su plantel de actores; espectacular en su recreación de la guerra y la banda sonora; pero muy dura. Quiere, el director, crear este contraste entre las flores de intenso color –las vidrieras, los vestidos de las señoritas, el rojo ensangrentado de las cuerdas del instrumento musical…– y lo negro y gris de una guerra –cualquiera–, pero llega a tal punto lo explícito, que se hace desagradable. Y entonces, se queda sin una brizna de esperanza… espiritual.

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“Dios existe –decía André Frossard, periodista y escritor que nació comunista y ateo y se convirtió al catolicismo–; y yo me lo encontré”. “Me lo encontré fortuitamente –diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura–, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito”.

A veces, Dios se presenta en los lugares más inhóspitos, sin avisar. También en las salas de la pantalla grande. Parafraseando a Frossard, podríamos decir aquello de: “Dios va al cine, y yo me lo encontré”. ¿Por qué no? Cuenta Alec Guinness –el “Obi Wan Kenobi” de La Guerra de las Galaxias, entre muchos otros personajes– que, una tarde, disfrazado de sacerdote por el rodaje de El Padre Brown (1954) y descansando de la intensidad del trabajo, mientras paseaba tranquilamente se le acercó un niño solitario llamándole: “mon père!”. Se le acercó y le agarró de la mano, con fuerza, mientras hablaba sin parar. Anduvo un rato con él y, al llegar a su destino, se fue, con un suave “bonsoir, mon père”. Nada más. “Mientras él volvía a casa feliz y reconfortado –cuenta Guinness–, me dejó un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Seguí andando pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo se decía. Así que empecé a desprenderme de prejuicios aprendidos y arraigados desde tiempos inmemoriales”.

Él se encontró a Dios rodando una película. Otros, se lo han encontrado viendo buen cine: me parece que el cine –el que es bueno, repito– trasciende. Siempre. Digamos que no tiene que ser un “personaje” más, el Creador, pero sí tiene que ser fácil llegar a Él a través de sus creaciones. Es decir: a veces se habla de Él directamente y otras, se habla del hombre –de la humanidad– con personajes muy bien escritos –el cine es escritura filmada–, profundizando y, por tanto, trascendiendo. ¿Acaso no dice la Biblia que nos hizo a su imagen y semejanza?

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Me ha gustado mucho este cortometraje, de Álvaro Hernández. A él no le conozco, pero sí a algunos de los que en él han trabajado. Y es un trabajo excelente.

Aunque no lo parezca, ha sido realizado en España, pero al más puro estilo de las pelis farwest: las de siempre. Bien dirigido, bien escrito: poco a poco va dando la información necesaria para que, al final, atemos cabos. Así son los buenos cortometrajes, ¿no? Pequeñas anécdotas o sucesos del día a día que sólo son verdaderas historias interesantes para el ojo más observador. Quizá los actores son un poco “teatreros”, pero no lo hacen mal.

No me enrollo: os lo dejo. Vale la pena…

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Esta es la historia de un caballo domado por Albert, hijo de un testarudo y pobre granjero, que después es vendido a un capitán inglés en su camino a la guerra –la Gran Guerra– y de cómo va pasando de mano en mano, ya sea porque es requisado, robado… o sencillamente porque su propietario ha muerto o ha sido asesinado…

Visto así, no hay quien siga. Pero no: hay más. En primer lugar, se trata de una fábula. La película que adapta la novela relatada por el propio caballo, escrita por Michael Porpurgo y que dirige genialmente –no podía ser de otro modo, viniendo del Midas de Hollywood Steven Spielberg es una fábula que habla de amistad y fidelidad, integridad y valentía. Humanidad, en definitiva. Aquí, los guionistas han decidido no dar voz al caballo –supongo que se agradece–, pero sí cobra un gran protagonismo y es el hilo conductor que nos lleva por los distintos bandos del conflicto y los variados campos de batalla.

Así, pues, nos encontramos ante una nueva película de guerra de Spielberg, pero sin profundizar en lo macabro de la situación. Todo lo contrario. Hay una batalla, en Francia, que recuerda un poco al desembarco de Normandía que filmó para Salvar al soldado Ryan (1998), pero esta vez no es tan sanguinaria como ésa. Aquí, el creador de E.T. prefiere explicar que en una guerra hay muchas personas buenas –en los dos bandos, aunque es verdad que carga mucho las tintas en los “futuros nazis”– que superaron miedos dándose a los demás. Incluso, se permite “el lujo” de ironizar sobre los grandes combates en la gran secuencia del caballo atrapado entre los alambres, en tierra de nadie: cuando es cuestión de ayudar “al más necesitado” (en este caso, el caballo), no hay enemistades que valgan. De hecho, es el guiño que hace a Feliz Navidad (2005): uno más entre los muchos que hay, como los que hace a John Ford o, incluso, a Lo que el viento se llevó (1939).

¿Estamos ante una obra maestra? No es de las grandes del director de Cincinnati, pero sí es buena, aunque muy larga –demasiado, sobre todo al comienzo–. La música, de su inseparable John Williams contribuye a hacerla muy épica, pero las aspiraciones generales se quedan cortas. Como ya vimos en Inteligencia Artificial (2001) o Minority Report (2002), a Spielberg le cuesta trascender.

Pero es una fábula. Lo repito de intento. Donde el valor de la amistad cobra mucha fuerza. No por la “amistad” entre el chico Albert y su caballo –al fin y al cabo, la amistad es siempre entre iguales–, sino por las múltiples relaciones que surgen entre todos los personajes. Es por eso que no hay ni buenos, ni malos: como el caballo va cambiando de manos, también lo hace –digamos– nuestro punto de vista. Los malos, lo son, porque se han corrompido (o les han corrompido). Es aquí donde Steven Spielberg remarca esta apuesta humanitaria. Aunque la constante exaltación del animal y, quizá, el demasiado sentimentalismo puedan hacer que cueste mantener el pacto de lectura propio de una fábula. En definitiva: un cuento fantástico de donde puedo sacar muchas y grandes –y buenas– conclusiones.

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El cine es un arte y el buen arte se deja ver y re-ver; contemplar. Quizá, cabría afirmar que el cine, como el buen vino, madura con el tiempo. Aunque, en realidad, quien madura o no es el espectador que ve en el cine –en las grandes películas–, una verdadera obra de arte con la que uno no sólo disfruta, sino que se siente interpelado. Por eso, hay películas que vale la pena volver a ver muchas veces para aprender a apreciarla cada vez con más detenimiento.

El festín de Babette ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1987 y es uno de esos filmes que agradeces de corazón su vuelta a las pantallas grandes, al cumplir 25 años. Vale mucho la pena degustarla nuevamente –nunca mejor dicho, para esta película de Gabriel Axel, que también escribe el guión, adaptando la obra homónima de cuento original de Karen Blixen, más conocida como Isak Dinesen (este era su pseudónimo), autora de otra gran obra llegada al cine, Memorias de África (1985). (más…)

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Quería empezar el año con buen pie. Y no sé: supongo que lo habré conseguido; la cuestión está en seguir así y mejorar aún. El otro día, un amigo hizo un brindis de cine. No sólo porque me gustó, sino porque hizo expresa referencia hacia el Séptimo Arte. Fue escueto y decía algo así:

El cine –el buen  cine– es el que está creado por buenas historias; pero también buenos y grandes personajes. Ver cine del bueno es un acto que remite en nuestro propio interior y nos lleva a querer ser mejores personas y, así, escribir una historia –la de cada uno– que transforme de verdad el mundo. No es necesario ser un súper héroe para llegar a ese punto; pero sí es necesario quererlo. Ojalá que este año 2013 nos permita gozar de grandes películas  que nos lleve a querer mejorar el mundo, empezando por lo que tenemos alrededor.

Ya ya está. Se llevó un aplauso: bien merecido, pienso.

Poco después vi un pequeño vídeo que me recordó las palabras de mi amigo. Hablaba de la capacidad de formar grandes pequeñas esculturas trabajando con paciencia y mimando el más mínimo detalle. Pensé en mi amigo porque me pareció que hablaba del modo en cómo se forman los buenos personajes y, en definitiva, las buenas personas. Es el arte de lo pequeño, el arte de lo bello.

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