En 2001, a Billy Beane, manager del equipo de béisbol Athletics of Oaklands, no le ha gustado demasiado la derrota ante los Yankee de Nueva York. Pero poco puede ante un equipo que le supera -con creces- en presupuesto; y, para más inri, los pocos jugadores buenos que tiene, son comprados por otros equipos. ¿Qué más puede hacer, si quiere un equipo competitivo? Creatividad.

Por casualidad Beane se topa con Peter Brand, un joven analista recién licenciado en Economía fanático de los datos estadísticos y convencido en que se puede crear un equipo viendo los porcentajes de eficacia de distintos jugadores.

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El monolito es a 2001, a Space Odyssey (1968), lo que el árbol a The Tree of Life (2011). El árbol es símbolo de eternidad, y es símbolo de la vida; de la Vida, en mayúsculas, que de esto va la atrevida obra -¿”pictórica”, debería decir?- de Terrence Malikt Malick. De la vida y de la muerte: de por qué Dios permite el mal y cuál es el sentido de mi vida -la de cada uno y la del mismo director, que no en vano es su película más autobiográfica.

Recorriendo la historia de Jack (un increíble Hunter McCraken, de joven, y Sean Peann, adulto), conocemos la vida de una familia católica en el Texas de los años 50. Desde su seno materno hasta el ajetreo diario de un trabajo a veces inhumano rodeado de hombres “grises”, muy parecidos a los descritos por Michael Ende. En esta vida, Jack pasa por las distintas etapas de cualquiera: una infancia feliz, con unos padres idealizados y dos hermanos menores, con los que juega, se pelea, ríe y llora; y una adolescencia que le hace plantearse muchos interrogantes, e incluso enfrentarse a su padre despótico (Brad Pitt) -hasta el punto de desear su muerte-… o a Dios. En una vida donde lo ordinario es casi la única vía para encontrar respuestas y, ante la muerte, a los 19 años, de su segundo hermano las dudas de fe podrán acelerar algún cambio.

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