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Es un tópico, lo sé, pero cuando cuando realizas una segunda parte, ésta depende mucho de la primera: ni puedes alejarte demasiado de ella –más cuando tu predecesora es una película “de culto”, como es el caso que nos atañe–, ni debes pretender contar lo mismo desde otro punto de vista o cambiando las situaciones y ya está: pensar que así puedes intentar engañar a cuantos más espectadores mejor, siguiendo el malogrado lema de “coge el dinero y corre”, que popularizó Woody Allen

Blade Runner 2049 es un poco de cal y otro de arena. No era necesaria una segunda parte de la mítica –al principio, fracasada– Blade Runner, pero ya se sabe cómo va esto de la falta de ideas y la necesidad de hacer caja. Innecesaria, pero sale airosa. No es una obra maestra, como han dicho algunos, aunque se deja ver (o más que eso). El “problema” es que está muy ligada a la de 1982. Aquella, a través de una historia muy sencilla –que no simple– trataba temas de gran profundidad humanística. En esta, buscando actualizar tecnológicamente su predecesora y crear una historia para impactar al público actual acostumbrado a grandes superproducciones, Denis Villeneuve dirige una película con una espectacular ciudad de Los Ángeles del futuro al más puro estilo cyberpunk que ya tenía la anterior, con unos efectos especiales a la altura de las circunstancias y una muy buena recreación de la patética ambientación –pienso que nadie querría vivir ahí–, también allende los límites de la ciudad…; y, en medio de todo eso, “mete”, por decirlo de algún modo, toda la carga humanística que tenía Blade Runner. Un poco como con calzador. Es decir: menos poesía y mucho espectáculo. Se repite, por ejemplo, la famosa frase de “más humanos que los humanos”, pero, aquí, suena forzada. Simplemente para homenajear la primera. La profundidad está supeditada a la espectacularidad.

Dicho de otra forma: mucho continente para un contenido que no muestra nada nuevo. Sigue hablando de cuestiones profundas, sí, pero no aporta nada a lo que ya planteaba Blade Runner: sobre la paternidad/maternidad, el sentido de la vida, quiénes somos y a dónde vamos, felicidad, vida y muerte…

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En Anatevka, una aldea imaginaria de Ucrania –a caballo entre el S. XIX y XX– viven judíos y ortodoxos en armonía casi perfecta. En realidad, apenas se relacionan y así están tranquilos. Es el declive de la época de los zares: el reinado de Nicolás II –famoso, entre otros motivos, por los progromos antisemitas que se produjeron durante su gobierno– acabó en 1917 (él y toda su familia fueron asesinados), con la Revolución rusa, cuyas raíces también se ven reflejadas en esta película.

Pues bien, en este pequeño y pobre pueblo vive Teyve (Chaim Topol), el lechero, con su mujer Golde (Norma Craine) y sus cinco hijas. Como buenos padres judíos, su preocupación principal es buscar los maridos ideales para cada una de ellas, y mejor que sea rico o, por lo menos, con una herencia que les permita vivir más allá de su capacidad actual.

Por tradición, es al padre a quien pertenece el derecho de elección y de cerrar el trato para el casamiento; pero los tiempos están cambiando y una tras otra, le van rompiendo los esquemas: la primera se casa con un pobre sastre, casi sin previo acuerdo con el padre; la segunda, se enamora de un judío revolucionario que será exiliado a Siberia en los sucesos de 1905; y la tercera se casa secretamente con un ortodoxo. Las tradiciones en esta aldea –las tradiciones judías– son muy fuertes y, aunque va aceptando poco a poco estos cambios, no puede ni aprobar ni bendecir lo de la tercera hija, porque hace violencia directa contra la religión.

¡Ai, si no fuera por las tradiciones! Es el tema entorno al cual gira toda esta historia. Así lo cuenta Teyve al comienzo de la película:

Parece cosa de locas, ¿verdad? Pero aquí, en nuestro pueblo de Anatevka, cada uno de nosotros es como un violinista en el tejado que intenta ejecutar una melodía grave y sencilla, sin romperse la cabeza. No es fácil, ¿verdad? Tal vez nos preguntan ustedes que por qué nos subimos ahí, si es tan peligroso…; pues si subimos es porque Anatevka es nuestro hogar… Y ¿cómo guardamos el equilibrio? Puedo decirlo con una palabra: ¡Tradición! La Tradición es lo que nos ha permitido guardar el equilibrio durante muchos, muchos años… Sin todas estas tradiciones, nuestra vida sería como un violinista en el tejado“.

Así, el misterioso personaje de el violinista –que sólo parece estar en el pensamiento de Teyve– es tanto metáfora de la inestabilidad de la  historia de los judíos –que tan condenados a la vida nómada han sido a lo largo de los siglos–, como de las tradiciones mismas que, o las tomas, o las dejas… o haces equilibrio e intentas hacerlas compatibles con aspectos de la vida que sí tienen que –o pueden– cambiar. Y también se pueden como actualizar, que es lo que pasa en la fantástica historia de amor de la canción “Do you love me?”

El violinista en el tejado, es una película que hay que ver varias veces. Es un musical espectacular de tres horas –con el clásico “entreacto” a la mitad–, que te hace pasar un rato muy divertido (Topol es un genio de de la interpretación, el baile, la canción), y dramático a la vez: porque es la historia dura que tuvieron que correr los judíos, también en Rusia. Todos los personajes están interpretados con mucho… cariño –esta es la palabra justa– y hay algunas canciones realmente memorables: no sólo el mítico “If I were a rich man”, sino también la ya citada “Do you love me”, o “Anatevka”, “To life!”, y tantas más.

Lo más interesante de la película –a mi entender– es la importancia que se da a Dios. Me hace mucha gracia el diálogo continuo que tiene el protagonista con Él, que, aunque me parece que es una relación fraternal con el Altísimo más propia del cristianismo que del judaísmo, llena de ternura todo el metraje. Topol consigue hacer presente a un Dios muy amigable, a quien se puede dirigir para pedir aunque sea un poco de riqueza –”a small fortune”–, o una máquina de coser –siendo muy consciente de que suficientes problemas tiene con las guerras en el mundo–, o cuidar de que siempre tenga abrigo lu hija que se va a Siberia por amor…

Efectivamente, no creo que haga falta ser muy creyente para darse cuenta de que es esta fe en un Dios cercano –el diálogo que es oración constante– el que hace que estas familias que acabarán siendo echadas de su querida Anatevka, lo vivan todo con optimismo. Un optimismo que impregna al espectador y que lleva a querer ver –y escuchar– de nuevo esta genial película.

Os dejo con uno de los mejores momentos:

for-greater-gloryCon visión humana, un hecho parece cierto: Dios tiene, a veces, unos caminos muy difíciles de comprender; pero, tarde o temprano, uno acaba viendo aquello de que todo es “para mayor gloria de Dios”. Así reza el título de esta película que se estrena en España, el próximo 5 de abril, después de ser presentada –muy discretamente– en Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud (agosto 2011), aún sin haber sido el estreno oficial, en abril del año siguiente.

For Greater Glory. La verdadera historia de Cristíada (o simplemente Cristíada, en México, donde fue un gran éxito) cuenta una historia que, desde siempre, ha sido un tabú en ese país latino. Y sigue siéndolo. Una guerra entre hermanos –una guerra civil–, que costó la vida de mucha gente.

En 1917, el gobierno mexicano instaura una constitución claramente anti católica. Con la llegada al poder de Plutarco Elías Calles (1924) empieza a aplicar a la fuerza la carta magna y siembra el terror en la tierra de la guadalupana. Pero el pueblo mexicano no quiere quedarse de brazos cruzados y organiza “La Liga”, un grupo repartido por todo el Estado que acabará armándose y organizando un ejército, al mando del agnóstico Enrique Gorostieta (interpretado con mucho arte por Andy García). De los cristeros, estaban los que decidieron pelear con las armas y, otros, con la paz.

Dean Wright “tan solo” había trabajado en cine como creador de efectos especiales. Digo “tan solo”, entrecomillado, porque no eran precisamente en películas de poca monta: en la segunda y tercera parte de El Señor de los Anillos, en el Titanic de James Cameron, en Las Crónicas de Narnia IAquí, debuta como director, y traspasa a los fotogramas una historia real –muy dura– sobre la Guerra Cristera (1926-1929). Él y Michael Love, guionista, han hecho una película muy digna y muestra los hechos tal como fueron: los que causaron muchos mártires, alguno de los cuales –entre los que destaca el niño José L. Sánchez del Río, de 13 años–, han sido beatificados y/o canonizados por Juan Pablo II y por Benedicto XVI [se puede leer una crónica muy buena de los hechos en esta página, que muestra las brutalidades a las que se vieron expuestos los mártires y que en esta película se muestran con muchísima más suavidad. Al martirio de Anacleto González, por ejemplo, me remito].

Acusaciones injustas

Algunos la han acusado de ser partidariamente pro-católica; pero me parece del todo injusto. En For Greater Glory no hay maniqueísmo. En los dos bandos meten la pata y provocan todo tipo de tropelías. Incluso, en un momento de máxima exaltación, uno de los sacerdotes protagonistas, rifle en mano, ordena quemar un tren entero… lleno de pasajeros. Será una culpa que le perseguirá el resto de su vida, aún sabiendo que la Confesión le permite redimirse (cosa que no pueden –y se nota, en la película, los del gobierno anti-católico–).

Digo que es injusta esta crítica porque, entre otras cosas, lo mismo deberíamos decir, llamándola pro-judía, de La Lista de Schindler o cualquier otra donde se cuente la realidad de lo que fueron los campos de concentración durante la II Guerra Mundial. Ahí, Spielberg no me parece que haga propaganda: simplemente muestra unos hechos que nadie con dos dedos de frente se atreve a negar. Cristiada es una película contada por un presbiteriano estadounidense impresionado por una historia de heroísmo, de gente normal que se levanta en grito de defensa de su libertad. No por fanatismos; sino porque aman lo que creen. Hubo errores, sí. Pero la historia de los mártires es así: personas normales que dan la vida por quien saben que es mucho mayor que lo que, en principio, pierden (for greater glory).

Me parece espectacular –por muy intensa y metafórica– la secuencia del martirio de Joselito, beatificado el 20 de noviembre de 2005, por el Card. José Saraiva, en nombre del Papa. Con un particular via crucis, su stabat –su madre al pie del patíbulo–, y la crudeza de los soldados que lo ejecutan sin piedad.

Aunque tiene algunos breves momentos que pierden fuelle, las poco más de dos horas de metraje se siguen con mucha inquietud gracias a que está muy bien contada y no me parece que recurra a la que podría haber sido una trampa fácil: el sentimentalismo. Y a pesar de no haber tenido un gran presupuesto (comparado con lo normal en este tipo de producciones) –se nota, sobre todo, en las batallas–, la ambientación está bien recreada, la música hace honor a su compositor, James Horner (Braveheart, La máscara del zorro, Cocoon…), y tiene un buen plantel de actores: Andy García, Peter O’toole, Eva Longoria o Eduardo Verástegui.

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En el Evangelio, Jesús dice que las prostitutas y los niños nos precederán en el Reino de los Cielos. Y así, parece querer mostrar el director de esta película –la más cara a de la historia del cine chino– que se acaba de estrenar en España. En realidad, Zhang Yimou, sorprendido por una historia de heroísmo ordinario, simplemente filma la adaptación de una novela que cuenta una historia real que sucedió en 1937, en la ciudad de Nanking (China), el principal frente de guerra contra Japón.

John Miller (Christian Bale) es un americano, trabajador en una funeraria a quien, en medio del campo de batalla, le encargan que vaya a la catedral, a enterrar al sacerdote católico que acaba de fallecer. Una vez ahí, se dará cuenta de que es el único adulto y, en contra de su voluntad, tendrá que pasar por el cura y hacerse cargo de unas quince niñas alojadas en el orfanato anejo al templo y un adolescente que había adoptado el sacerdote fallecido. Poco después, buscarán refugio en el mismo lugar, varias prostitutas de lujo de un burdel cercano a la iglesia.

Tiene algo de errante –describe Bale a su personaje–; es un oportunista y un tipo al que le gusta pasar un buen rato. Se le ha enseñado a trabajar en el negocio de las pompas fúnebres, y es un trabajo de enterrador el que le lleva a Nanjing; pero repentinamente se encuentra atrapado en una zona en guerra. El sólo piensa en ganar algo de dinero y salir de allí. Pese a ello, y contra lo que él cree que es su forma de pensar y de ser, se ve arrastrado por los acontecimientos que le rodean. Se descubre transformándose de alguien que solo pasaba por allí, alguien sin lazo alguno con aquellas personas que intentan sobrevivir en su entorno, a alguien mejor de lo que era, que se involucra profundamente en esa causa”.

Dice el director chino estar sorprendido por la capacidad que tiene el espíritu humano de sobreponerse a situaciones realmente críticas como una guerra y realizar, a pesar de todo, actos verdaderamente heroicos. Nuestras niñas protagonistas, Miller –hombre sin norma moral, pícaro y borrachín al principio–, y las señoritas del burdel, crecen a marchas forzadas y muestran una historia muy humana, que emociona. No obstante, presenta a los japoneses con una brutalidad descarnada, y peca de una visión muy maniquea. Parece que sean hombres sin alma, capaces de matar a sangre fría y buscar su placer sexual a cualquier precio.

La historia, por tanto, no se centra en la guerra “a pie de calle”, sino más bien en la “guerra interior” a la que deben hacer frente cada uno de los protagonistas que –todos ellos (ellas, fundamentalmente)– tienen un único fin: salvar su propia vida. Por eso, tendrán que superar la visión chata y egoísta de sí mismos, para ver que el otro también tiene su dignidad. El director de Las Flores de la Guerra explica:

No importa qué guerras o desastres tengan lugar en la historia, lo que rodea esos momentos es la vida, el amor, la salvación y la humanidad. La naturaleza humana, el amor y el sacrificio: esos son los elementos verdaderamente eternos. Para mí, el evento es el contexto histórico de la película. Pero la pregunta que perdura es cómo el espíritu humano puede crecer y desarrollarse incluso en tiempos de guerra”.

Así es esta película: una historia realmente conmovedora pero muy dura –demasiado, en mi opinión– en la plasmación de la guerra y en la escabrosidad de las violaciones y demás escenas sensuales y sexuales –“¿dónde está lo poético de lo omitido en el cine de hoy?”, me pregunto…

Por otro lado, curiosamente –“curioso”, precisamente por el entorno en el que sucede la historia–, la presencia de Dios luce por su ausencia: una vez se nombra al Altísimo, pero sólo como “arma arrojadiza”; y, por más que diga la niña protagonista que “nunca vio rezar a alguien así”, nadie reza. ¿Crece el “espíritu humano” del que habla Yimou? Sí, mucho. Pero se echa de menos a Quien más lo hace crecer. Tratándose de un director agnóstico o no creyente (por lo menos es lo que parece), debería haber profundizado un poco más en cómo alguien con formación más o menos cristiana –las niñas y Miller, la tienen–, ante situaciones difíciles, algún momento de diálogo hacia el de Arriba, tiene que haber. Alguno. Vaya como ejemplo, cuando  intentan arrancar el camión, y parece que no lo van a conseguir: “¡pide ayuda, hombre!”. Es lo que sale del corazón. “¿Por qué no lo hará?”.

Una película un demasiado larga; buena en su plantel de actores; espectacular en su recreación de la guerra y la banda sonora; pero muy dura. Quiere, el director, crear este contraste entre las flores de intenso color –las vidrieras, los vestidos de las señoritas, el rojo ensangrentado de las cuerdas del instrumento musical…– y lo negro y gris de una guerra –cualquiera–, pero llega a tal punto lo explícito, que se hace desagradable. Y entonces, se queda sin una brizna de esperanza… espiritual.

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“Dios existe –decía André Frossard, periodista y escritor que nació comunista y ateo y se convirtió al catolicismo–; y yo me lo encontré”. “Me lo encontré fortuitamente –diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura–, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito”.

A veces, Dios se presenta en los lugares más inhóspitos, sin avisar. También en las salas de la pantalla grande. Parafraseando a Frossard, podríamos decir aquello de: “Dios va al cine, y yo me lo encontré”. ¿Por qué no? Cuenta Alec Guinness –el “Obi Wan Kenobi” de La Guerra de las Galaxias, entre muchos otros personajes– que, una tarde, disfrazado de sacerdote por el rodaje de El Padre Brown (1954) y descansando de la intensidad del trabajo, mientras paseaba tranquilamente se le acercó un niño solitario llamándole: “mon père!”. Se le acercó y le agarró de la mano, con fuerza, mientras hablaba sin parar. Anduvo un rato con él y, al llegar a su destino, se fue, con un suave “bonsoir, mon père”. Nada más. “Mientras él volvía a casa feliz y reconfortado –cuenta Guinness–, me dejó un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Seguí andando pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo se decía. Así que empecé a desprenderme de prejuicios aprendidos y arraigados desde tiempos inmemoriales”.

Él se encontró a Dios rodando una película. Otros, se lo han encontrado viendo buen cine: me parece que el cine –el que es bueno, repito– trasciende. Siempre. Digamos que no tiene que ser un “personaje” más, el Creador, pero sí tiene que ser fácil llegar a Él a través de sus creaciones. Es decir: a veces se habla de Él directamente y otras, se habla del hombre –de la humanidad– con personajes muy bien escritos –el cine es escritura filmada–, profundizando y, por tanto, trascendiendo. ¿Acaso no dice la Biblia que nos hizo a su imagen y semejanza?

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Por un momento, imagínate que estás en la fiesta de una boda. Imagínate que estás bailando con tu hija, subido en un estrado; y como tú y tu hija, muchos más. Y que, justo al lado, tienes a una gorda -sí: una señora gorda- a la que también le gusta bailar pero que no controla demasiado sus movimientos y que, de repente, esa gorda -sí: esa señora gorda-, sin quererlo -ni se da cuenta-, te mete un viaje con todo su trasero y tú te caes estrado abajo, aterrizando con la parte del cuerpo donde la espalda pierde su dignidad. Ves las estrellas, así es. Y no solo eso. Imagínate que, no sabes cómo, ves a esa señora gorda -sí: la gorda-, por todos lados. En la oficina, por la calle, en tu casa…

Esto es lo que le pasa a Manolo. Su mujer no acaba de creerle; de hecho, se parte el bazo ante las ocurrencias de su marido. Pero, por si acaso, le dice que vaya al médico que le encarga un TAC. Y ahí, conocerá a Antonio, un chaval canario, muy descarado, hijo de madre soltera, que tiene un cáncer y sabe que va a morir. Lo que no sabe Manolo es que ese chico le va a cambiar la vida. Por completo: la suya y la de su familia.

Si cae en tus manos esta película -ahora en DVD-, por favor, toma asiento y descansa. Desternillante, es poco. Con un humor, sincero y sano. Paco Arango, el director, con esta simpática historia basada en hechos reales consigue algo nada fácil de hacer: hablar de un drama -la historia de un niño que se va a morir- de modo muy divertido. Pero sin ser superficial. Nada más lejos de la realidad: combina muy bien la lágrima y la sonrisa, tocando temas trascendentales para la vida como son la fe -¡en Dios, sí! ¿Por qué habrá tantos que le temen?-, la fidelidad, la amistad, la fraternidad, el perdón…, sin que chirríe ni suene a cosa artificial.
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El monolito es a 2001, a Space Odyssey (1968), lo que el árbol a The Tree of Life (2011). El árbol es símbolo de eternidad, y es símbolo de la vida; de la Vida, en mayúsculas, que de esto va la atrevida obra -¿”pictórica”, debería decir?- de Terrence Malikt Malick. De la vida y de la muerte: de por qué Dios permite el mal y cuál es el sentido de mi vida -la de cada uno y la del mismo director, que no en vano es su película más autobiográfica.

Recorriendo la historia de Jack (un increíble Hunter McCraken, de joven, y Sean Peann, adulto), conocemos la vida de una familia católica en el Texas de los años 50. Desde su seno materno hasta el ajetreo diario de un trabajo a veces inhumano rodeado de hombres “grises”, muy parecidos a los descritos por Michael Ende. En esta vida, Jack pasa por las distintas etapas de cualquiera: una infancia feliz, con unos padres idealizados y dos hermanos menores, con los que juega, se pelea, ríe y llora; y una adolescencia que le hace plantearse muchos interrogantes, e incluso enfrentarse a su padre despótico (Brad Pitt) -hasta el punto de desear su muerte-… o a Dios. En una vida donde lo ordinario es casi la única vía para encontrar respuestas y, ante la muerte, a los 19 años, de su segundo hermano las dudas de fe podrán acelerar algún cambio.

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