¿Nos hemos olvidado de qué significa ser humano? Es una pregunta simple; llana. Y un reto: el que plantea este magnífico documental, que ha recibido grandes aplausos y aún sigue cosechando premios desde su nacimiento, en 2008. Y es que no es fácil ser positivo describiendo la maldad existente en el mundo: odio, guerra, oscuridad, matanzas… The Human Experience, lo consigue. Presenta la realidad, tal cual es: muy dura; pero después de verla sales con ganas de ser mejor. “Es algo en lo que todos pensamos; respuestas a las cuestiones más elementales de nuestra vida: ¿quién soy? ¿qué estoy haciendo con mi vida?”…

The Human Experience es la experiencia real vivida por dos hermanos de Brooklyn, Jeff y Cliff Azize. Procedentes de una familia desestructurada: apenas conocen a su madre, y su padre a menudo se emborrachaba y les maltrataba, sobretodo al pequeño, Jeff. Asqueados y, sobretodo, interrogados e intrigados por la vida que les rodea y lo que ven, deciden ir por el mundo para descubrir cuál es el sentido del dolor, de la muerte, de la vida… su vida. Estos deseos de felicidad les lleva a vivir tres experiencias totalmente distintas y distantes una de la otra.

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… o cuando la muerte nos hace valorar el ir en bicicleta.

Hay muchos modos de vivir para siempre. Uno de ellos es convertirse en vampiro, y ya está. Otro es escribiendo una obra… Esto es lo que decide hacer Sam (Robbie Kay), y su mejor amigo, el gruñón pero entrañable Félix (Alex Etel) -que prefiere la opción vampiresca-, está dispuesto a lo que sea para que Sam pueda cumplir su lista de deseos antes de morir… Y es que así son las cosas: los dos protagonistas de Way to live forever, niños de 12 y 14 años respectivamente,  están enfermos de leucemia y son perfectamente conscientes de que les queda poco tiempo de vida y tienen que aprovecharla al máximo.

Ésta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida; “sobre las ganas de vivir que tiene un niño de 12 años”, dice Gustavo Ron, guionista y director de la película. Pero es una historia que habla de la muerte, haciéndolo desde la atrevida perspectiva de un cuento. Sam es un niño muy vivo –despierto– que no está dispuesto a aceptar las respuestas simples que su amigo Félix da a los interrogantes que “los mayores no se atreven hacer”. No entiende por qué las cosas son como son y, sobre todo, por qué tiene que morir un niño de 12 años, pero lo acepta. Lo acepta y lucha para que su familia –sus padres y hermana– sufra lo menos posible a causa de su enfermedad… y de su muerte. Si puede, haciendo que todo sea como un juego. Quizá sea, también, esta sencillez o ternura la que enamore a Félix y le lleve a intentar buscarle la felicidad, aunque fuera robar un pedacito de cielo.

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