Escribía, hace ya unas semanas, que después de ver –en un pase privado–, la nueva película del realizador inglés Roland Joffé, Encontrarás Dragones, me quedé como obnubilado. Decía –en ese post–, que estaba “como cuando has visto por primera vez a la chica de tus sueños y te quedas sin palabras…”.

Hoy son ya tres –con esa–, las veces en que he visto la película y quizá pueda escribir con algo más de distancia y sin tanto apasionamiento (aunque en las tres me emocioné, debo reconocerlo); y quizá, también, por esa distancia pueda ser más objetivo… De lo que sí estoy seguro es que esa impresión que tuve al verla fue por eso que decía Joseph Pieper y citaba Noblejas en su blog: ante algo grande, sólo cabe un “¡es bueno que tú existas!”. Así son las obras de arte: uno puede estar contemplándolas una y mil veces, y siempre descubre nuevos recovecos, nuevas luces y nuevos colores; y –también es verdad– como toda obra de arte, no está hecha para todas los paladares (o, como dice Honorio, uno de los personajes de la película, “no todos los paladares están hechos para lo divino”). Encontrarás Dragones, no es una excepción. Es una obra de arte  que rezuma divinidad, y no porque hable de cosas divinas, sino porque habla de cosas humanas que son muy divinas (perdón por el juego de palabras…, pero no es lo mismo). Es una película que hace falta ver más de una vez para poder “mesurar” las tres dimensiones… que sí tiene (¡y eso que no es en el tantas veces sobrecargado 3D!).

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