cuestiondeprincipios

Adalberto Castilla tiene dos principios fundamentales: “no todo se puede comprar con dinero” y “los Castilla nunca se endeudan”. Con ellos, vive feliz: está casado, tiene un hijo, un trabajo nada del otro mundo, pero acomodado… La cosa cambia cuando llega un nuevo jefe, Silva: un pijo yuppie, mucho más joven que él, divorciado y con una hija. Éste, cree que puede conseguir cualquier cosa con un poco de dinero encima de la mesa, y resulta que Castilla tiene el único número que le falta para completar la colección de una revista literaria. Está dispuesto a pagar lo que sea, pero Castilla no quiere por una cuestión de principios: en ella sale su padre en una foto y eso le da un gran valor afectivo. Sarita –su mujer– no lo entiende: con ese dinero podrían comprar un coche, pagar el viaje de estudios de su hijo…; pero él no está dispuesto a saltarse algo que es tan de su fuero interno.

Cuestión de principios es una comedia de esas para pasar un buen rato. Pero no sólo. Es una comedia profunda en la que se habla de la importancia de la familia, de la amistad, del papel que realmente tiene –o debería tener– el dinero y del valor que tiene el ser personas enteras: de una pieza.

Silva lo tiene todo, pero vive solo, amargado. Y Castilla, no pide nada y… aparentemente, también lo tiene todo. El problema es que tiene que saber conjugar esos dos principios que veíamos más arriba: a la vez. Y no es fácil.

Norma Aleandro y Federico Luppi –Sarita y Aldaberto respectivamente– actúan magistralmente y hacen una pareja realmente divertida y simpática. Bordan una película que, a pesar de ser hablada en un argentino muy cerrado que a veces cuesta un poco de entender, está muy bien hilvanada y va tocando los temas ético-morales con mucho cuidado –sin sermonear–, pero con decisión.

Porque es verdad que no todo se compra con dinero; pero también que no nos podemos ni dejar llevar por sentimentalismos pegajosos que no nos dejan desprendernos de lo que, en realidad, no vale ni un duro –un ‘céntimo’, tendría que decir—, ni que hay momentos en la vida en que uno tiene que humillarse… por los demás.

Es lo que más me ha gustado de esta película: que el viejo Castilla necesita descubrir el valor de lo que tiene más cerca, precisamente olvidando alguno de esos “principios”; pero, en cierto sentido, sin olvidar qué es lo realmente importante. Me acordé de lo que cuenta Rusell al Sr. Fredricksen, en Up –a mi entender, una de las mejores de Pixar– sobre las cosas que más y hacía con su padre:

Y después nos íbamos a comprar un helado a la esquina. Yo me pedía uno de chocolate y él de caramelo. Después nos sentábamos en el bordillo de la calle y yo contaba todos los coches azules y él los rojos y el que contase más, ganaba. Me encanta ese bordillo.

… Puede que suene aburrido, pero las cosas que más recuerdo son precisamente las cosas aburridas.

Castilla –y su mujer– descubre que lo más aburrido –pasear por la calle, comprar juntos, hablar… o simplemente mirarse– es lo que hace bella y grande la vida. En definitiva, que el amor crece cada día un poco y que para enamorar al otro, no son necesarias ningunas cataratas del Niágara. Y eso, Silva no lo sabe.

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2020. Hace unos años, cuando veíamos películas futuristas, imaginábamos cuánto cambiaría el mundo, gracias a las increíbles escenas que nos presentaban: coches voladores, velocidades lumínicas, abrigos con aire incorporado… Hoy, parece que el futuro lo tenemos más cerca: vemos que habrán cambiado las cosas, sí… pero no tanto. En Real Steel (Acero Puro), el director de Noche en el museo o La pantera Rosa (2006), Shawn Levy, nos muestra un futuro bastante razonable, aunque lleno de máquinas que se matan entre ellas…

Charles Kenton fue un gran boxeador, hasta que fue sustituido por unas enormes máquinas robot que se destrozaban a puñetazo limpio. Desde entonces, el boxeo ya no es lo que era y Charlie se dedica a ganar algo de dinero apostando por sus robots en peleas con escenarios de lo más variopintos. Hasta que pierde su último juguete, destrozado por un toro. Es entonces cuando, sin quererlo ni beberlo, tiene que hacerse cargo, durante un verano, de Max, su hijo, al enterarse de la muerte de su novia, de la que no tenía mucha noticia. Así que, sin dinero y con un hijo que apenas conoce tendrá que buscarse la vida entre este peculiar deporte de hierro. Nada fácil, si no fuera por un peculiar robot sparring que, por casualidad, encuentra Max en un chatarrero.

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Win, win… Si seguimos la traducción española del título, quizá deberíamos decir, de un modo algo vulgar: “ganar, ganar; lo que es ganar…, ganamos todos”. Y es que es así: unos ganan la felicidad, otros la amargura; unos, la amistad, otros, el ser odiados; familia, o soledad; o dinero, mucho dinero… Todo es cuestión de proponérselo: es lo que reconoce Mike Flaherty, al principio de esta historia: “¡todo el mundo lucha por tener más dinero!”.

Mike es un abogado en apuros de un pequeño pueblo y, en sus ratos libres entrenador de un equipo de lucha libre de un instituto. Es feliz con su esposa y dos niñas, pero vive estresado por una situación económica difícil, que esconde para no preocupar a su mujer.

Eso le llevará a aceptar ser el tutor legal de un cliente suyo con demencia senil, cuya hija le dejó hace tiempo y no tiene a nadie que pueda hacerse cargo de él: serán unos ingresos extra que le ayudarán a seguir adelante. Con lo que no contaba será con la llegada de Kyle, el nieto de su cliente, del que toda la familia acabará encariñándose, y en el que Mike descubrirá un gran talento para la lucha libre.

Thomas McCarthy escribe y dirige esta película con verdadera maestría. Se trata de una historia llena de humanidad, siguiendo la línea de su predecesora The Visitor (2007) –obra menor, a mi entender. Con unos personajes profundos (muy bueno, el papel de Paul Giamatti), que te van llevando de la mano a lo largo del filme. Y esto la hace grande. Además de su dosis de realidad: dura, pero con toques de optimismo y diálogos realmente divertidos. Como la vida misma: dramática, a veces; feliz, muchas otras.

Es una película que habla de la importancia de la familia: hay que ganársela, y no a cualquier precio. En ella crecemos en libertad, pero también cabe el error –¡tantas veces nos equivocamos!–… y el perdón. Pero para ganar, hay que jugar: como la lucha libre, que resulta una metáfora de nuestra vida; y, como en este deporte, tampoco vale todo para llegar al final.

… o cuando la muerte nos hace valorar el ir en bicicleta.

Hay muchos modos de vivir para siempre. Uno de ellos es convertirse en vampiro, y ya está. Otro es escribiendo una obra… Esto es lo que decide hacer Sam (Robbie Kay), y su mejor amigo, el gruñón pero entrañable Félix (Alex Etel) -que prefiere la opción vampiresca-, está dispuesto a lo que sea para que Sam pueda cumplir su lista de deseos antes de morir… Y es que así son las cosas: los dos protagonistas de Way to live forever, niños de 12 y 14 años respectivamente,  están enfermos de leucemia y son perfectamente conscientes de que les queda poco tiempo de vida y tienen que aprovecharla al máximo.

Ésta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida; “sobre las ganas de vivir que tiene un niño de 12 años”, dice Gustavo Ron, guionista y director de la película. Pero es una historia que habla de la muerte, haciéndolo desde la atrevida perspectiva de un cuento. Sam es un niño muy vivo –despierto– que no está dispuesto a aceptar las respuestas simples que su amigo Félix da a los interrogantes que “los mayores no se atreven hacer”. No entiende por qué las cosas son como son y, sobre todo, por qué tiene que morir un niño de 12 años, pero lo acepta. Lo acepta y lucha para que su familia –sus padres y hermana– sufra lo menos posible a causa de su enfermedad… y de su muerte. Si puede, haciendo que todo sea como un juego. Quizá sea, también, esta sencillez o ternura la que enamore a Félix y le lleve a intentar buscarle la felicidad, aunque fuera robar un pedacito de cielo.

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… o cuando alguien te ve el alma y el mundo se queda en silencio

Ryan Bingham (George Clooney) es, sencillamente, un hombre egoísta y frío. Trabaja en una empresa que se dedica a despedir a gente de otras empresas, intentando hacer ver al despedido el lado positivo de la situación. Así; sin más. Un trabajo nada agradable, pero que Bingham lo sabe hacer con mucho arte y es el mejor. Esto le lleva a estar casi todo el año volando de un lado a otro de los Estados Unidos y a odiar los pocos días que está en casa. No quiere nada ni a nadie… Una pequeña maleta, le basta; y si acaso alguna relación esporádica con la que, de vez en cuando, disfrutar unas horas y mostrarse ante los demás como alguien que no está solo…

Pero esta vez algo puede cambiar. Alex (Vera Farmiga), una simpática compañera de viaje; Natalie (Anna Kendrick) una joven recién salida de la facultad que alardea de ser una experta en despedir a la gente, pero por teleconferencia y a la que Bingham tendrá que enseñarle su profesión; una hermana que se casa… Sucesos que pueden hacer que el “perfecto yuppe“, cuyo único fin en la vida es llegar a conseguir 10 millones de millas como viajero habitual, haga un giro radical…

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Ya hablé de esta película. Entonces loaba la gran obra de Clint Eastwood que, año tras año, es capaz de mostrarnos su buena mano para hacer buenas películas y, lo que más le honra, de hacer obras maestras. Casi a dos por año. En su momento fueron las de Iwo Jima: primero Banderas de nuestros padres (2006) e, inmediatamente después, por una necesidad de contar también el otro punto de vista, Cartas desde Iwo Jima (2006). Y le siguieron Gran Torino (2008) y El intercambio (2008). Ahora, esperamos Invictus (2009) -estreno en enero de 2010- y Hereafter (2010), donde, por primera vez, Eastwood se mete en el terreno de lo fantástico.

Gran Torino ha sido -según lo que dijo el mismo Eastwood- la última vez que se ponía delante de las cámaras. Tal como si fuera una especie de testamento que quiere dejar para la posteridad. De hecho, creo que realmente es así; una entrevista en la que este gran director, actor, músico y productor (con su Malpaso Productions) habla de una necesidad que tiene de buscar algo más que lo que nos rodea y deja lejos su tiempo de agnóstico, me lo hace pensar:

Antes tenía mucho más de agnóstico. No soy realmente una persona de religión organizada. Pero ahora soy mucho más tolerante con las personas religiosas, porque puedo ver por qué han llegado allí

Sus películas son mucho más “espirituales” -por decirlo de algún modo- y sus personajes, con una fuerte carga de humanismo (el hombre con cuerpo y alma).

Harvey (Dustin Hoffman), divorciado neyorquino, es un músico fracasado: le hubiera gustado ser pianista de un grupo de jazz, pero sólo ha llegado a ser músico de “jingles” para la tele y, por si fuera poco, está a punto de ser echado de su trabajo porque no gusta lo que hace.

Kate (Emma Thompson) es una inglesa solterona, que trabaja en una empresa de encuestas, en el aeropuerto de Heathrow. Más joven que Harvey pero de edad también avanzada, su madre la controla todo el rato a través del móvil. Su dos únicas preocupaciones son que Kate deje de ser soltera y un nuevo vecino polaco de quien sospecha es un asesino psicópata.

Kate y Harvey no se conocen, pero un viaje de éste -en principio relámpago- a la capital inglesa para asistir a la boda de su hija cambiará por completo sus vidas.

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