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Esta es la historia de un caballo domado por Albert, hijo de un testarudo y pobre granjero, que después es vendido a un capitán inglés en su camino a la guerra –la Gran Guerra– y de cómo va pasando de mano en mano, ya sea porque es requisado, robado… o sencillamente porque su propietario ha muerto o ha sido asesinado…

Visto así, no hay quien siga. Pero no: hay más. En primer lugar, se trata de una fábula. La película que adapta la novela relatada por el propio caballo, escrita por Michael Porpurgo y que dirige genialmente –no podía ser de otro modo, viniendo del Midas de Hollywood Steven Spielberg es una fábula que habla de amistad y fidelidad, integridad y valentía. Humanidad, en definitiva. Aquí, los guionistas han decidido no dar voz al caballo –supongo que se agradece–, pero sí cobra un gran protagonismo y es el hilo conductor que nos lleva por los distintos bandos del conflicto y los variados campos de batalla.

Así, pues, nos encontramos ante una nueva película de guerra de Spielberg, pero sin profundizar en lo macabro de la situación. Todo lo contrario. Hay una batalla, en Francia, que recuerda un poco al desembarco de Normandía que filmó para Salvar al soldado Ryan (1998), pero esta vez no es tan sanguinaria como ésa. Aquí, el creador de E.T. prefiere explicar que en una guerra hay muchas personas buenas –en los dos bandos, aunque es verdad que carga mucho las tintas en los “futuros nazis”– que superaron miedos dándose a los demás. Incluso, se permite “el lujo” de ironizar sobre los grandes combates en la gran secuencia del caballo atrapado entre los alambres, en tierra de nadie: cuando es cuestión de ayudar “al más necesitado” (en este caso, el caballo), no hay enemistades que valgan. De hecho, es el guiño que hace a Feliz Navidad (2005): uno más entre los muchos que hay, como los que hace a John Ford o, incluso, a Lo que el viento se llevó (1939).

¿Estamos ante una obra maestra? No es de las grandes del director de Cincinnati, pero sí es buena, aunque muy larga –demasiado, sobre todo al comienzo–. La música, de su inseparable John Williams contribuye a hacerla muy épica, pero las aspiraciones generales se quedan cortas. Como ya vimos en Inteligencia Artificial (2001) o Minority Report (2002), a Spielberg le cuesta trascender.

Pero es una fábula. Lo repito de intento. Donde el valor de la amistad cobra mucha fuerza. No por la “amistad” entre el chico Albert y su caballo –al fin y al cabo, la amistad es siempre entre iguales–, sino por las múltiples relaciones que surgen entre todos los personajes. Es por eso que no hay ni buenos, ni malos: como el caballo va cambiando de manos, también lo hace –digamos– nuestro punto de vista. Los malos, lo son, porque se han corrompido (o les han corrompido). Es aquí donde Steven Spielberg remarca esta apuesta humanitaria. Aunque la constante exaltación del animal y, quizá, el demasiado sentimentalismo puedan hacer que cueste mantener el pacto de lectura propio de una fábula. En definitiva: un cuento fantástico de donde puedo sacar muchas y grandes –y buenas– conclusiones.

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Jacob (Mads Mikkelsenes) es danés, pero desde hace muchos años vive en la India, dirigiendo un orfanato que recoge a niños abandonados por las calles de ese país. Se podría decir que ha dedicado toda su vida a una labor que se puede ver truncada por falta de fondos.

Un buen día, Jørgen (Rolf Lassgård), un hombre rico de Dinamarca le dice que está dispuesto a dar una suma muy interesante de dinero. Para ello, Jacob tendrá que trasladarse hasta Copenaghe y hablar con él sobre las condiciones.

La primera, es aparentemente muy sencilla: asistir a la boda de la hija de Jørgen. Lo que ocurre es que lo que no parecía dejar de ser unas horas de “paripé”, acaban por convertirse en una especie de reencuentro. El pasado con el futuro. Y un dilema; que puede cambiar la vida por completo de Jacob.

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Dicen que la música es el arte más sublime; y uno, después de ver esta película no puede menos que corroborarlo. Él es un hombre que se fue a vivir a Dublín para estar con su padre quien, solo, regentaba un puesto donde arreglan aspiradoras. Además, en su tiempo libre va por Grafton Street, la calle peatonal más emblemática de esta ciudad, cantando y tocando su guitarra destartalada. Ella, inmigrante checa, una chica de en torno los veinte años que, con trabajos temporales, da de comer a su hija y a su madre… y a algunos vecinos que entran a su casa tan solo para ver “la única tele que hay en el vecindario”… Ella toca muy bien el piano –su padre le enseñó–, y todos los días, en una tienda de instrumentos musicales, puede satisfacer este su deseo durante una hora. La música hace que los dos vayan conociéndose y a través de las canciones van descubriendo –descubrimos– su alma. De hecho, toda la película gira en torno estas canciones…

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