Hay algo que me ha llamado mucho la atención, en esta nueva película de los hermanos Dardenne. Su música. O mejor: su casi ausencia de música. Tan solo una sinfonía de Beethoven, incoada varias veces, y solamente seguida y terminada al final de la película, cuando acaba la historia. Como si los dos hermanos franceses quisieran decir: “aún no toca; aún se puede contar más y podemos hallar un final feliz”. O no: porque El niño de la bicicleta habla de nuestra vida: de la de hoy y de la civilización que nos rodea: en la que hemos caído o hemos provocado…

Cyril (Thomas Doret, en un papel debutante muy bien llevado a la pantalla) es un chico de doce años, abandonado por su padre en un orfanato, en principio temporalmente. En principio: el padre se ha ido. No es capaz de mantener a su hijo, y se va. Quiere emprender una nueva vida, sin el niño, que insiste en llamarle y en contactar con él: como sea, incluso escapándose, si es necesario. En una de estas escapadas, se cruza por su camino Samantha (Cécile de France), una peluquera de la zona que, viendo la situación, decide adoptar a Cyril los fines de semana.

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No en vano, detrás se ve un cuadro de la Pasión

Es muy fácil hacer generalidades, y el cine se presta bastante a ello: “el mundo, cinematográficamente hablando, se divide en dos: Hollywod y el resto”. Algo muy manido, pero por desgracia -a veces sin darnos cuenta-, está en boca de muchos. De hecho, “el resto” es muy grande y, a menudo, muy diverso. Ni mejor, ni peor: de todo hay en la viña del Señor… Tanto americano,  como europeo o asiático. El problema es que ese cine suele quedarse “en casa”.

No obstante algunos países como Francia -muy recelosa de lo suyo-, han sabido exportar obras cinematográficas de las buenas allende sus fronteras. Hace tres años el país galo lo hizo con la comedia Bienvenidos al norte (tanto gustó, que se acaba de estrenar un remake a la italiana), y hoy lo hace esta gran película coral, De dioses y hombres, dirigida por Xavier Beauvois.

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Hace poco, un amigo mío me preguntaba si sabía decirle algunas películas en las que se hablara de la libertad, con la descripción de alguna escena…; no tanto la libertad física -en grandes filmes carcelarios como Cadena Perpetua (1994)-, sino más bien libertad interior. Libertad subjetiva, por decirlo de algún modo.

Sobre la marcha, le escribí un mail con algunos títulos y explicaciones al respecto. Pensé que podía ser una buena entrada para el blog. Por eso, sin pretender ser exhaustivos, aquí os lo dejo.

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Los cortometrajes, cuando son buenos, tienen la peculiaridad que hacen pensar… por lo menos no te dejan indiferente. Ayer vi este cortometraje y recordaba un diálogo con una adolescente que intentaba justificar su poca fe…:

– Dices que Dios es omnipotente, pero… ¿podría hacer una piedra tan grande que no pudiera levantar ni Él mismo?

– Sí. Tú misma…

Se quedó pensativa y se fue… ¿Te atreves a pensar en esta respuesta?

“¿Cómo ha podido, una persona, estar 30 años preso injustamente y, al salir, perdonar a sus opresores?”. De eso va la nueva película de Clint Eastwood. De cómo Nelson Mandela, cerrado entre cuatro paredes blancas casi treinta años, se convirtió en el símbolo contra el apartheid, de cómo llegó a ser el presidente de Sur África y cómo, al llegar al poder, supo perdonar… Concretamente, Eastwood adapta la novela de John Carlin, El factor humano, la historia del mundial de rugby que aquel año 1995 se celebraba a Sur África. Mandela, ya presidente del país desde hacía un año, vio en este deporte, la única manera de unir un pueblo, separado por muchos odios racistas entre negros y blancos, y al borde de una guerra civil.

A estas alturas, son pocos los que niegan que Clint Eastwood, con casi 80 años encima (los cumplirá el próximo 31 de mayo), es uno de los grandes de Hollywood. Y en Invictus demuestra, otra vez, que conoce muy bien el lenguaje del cine. No sólo porque sabe dirigir –con un espléndido Morgan Freeman, que bien se habría merecido el Oscar–, sino también porque sabe tocar temas humanos (del alma) con mucha clase. Así, convierte lo que podría haber sido un panfleto de propaganda política en la historia de un hombre que, con sus defectos, quiso ser más libre no dejándose llevar por la venganza.

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Se ha hablado mucho ya de esta nueva película de James Cameron. Sobre todo, se ha visto mucho. Si tenemos en cuenta sólo el dinero ingresado en taquilla a día de hoy, Avatar es la película más taquillera de la historia del cine (superando Titanic, 1997), pero si el cálculo se hace a partir del “dinero constante” -el que tiene en cuenta la inflación- aún lejos está de ese primer puesto

Original en la concepción de las bestias, animales y demás seres existentes en Pandora, típica en la historia en sí: sigue el clásico esquema ya usado, entre muchos otros, por Kevin Costner en la genial Bailando con lobos (1999): el protagonista que se mete en “terreno enemigo” y acaba siendo uno de ellos y luchando contra los de su propio bando. Y por poca originalidad, hay quien ha planteado la posibilidad de que sea un plagio; no sé si realmente será así, pero las imágenes de estas dos películas se parecen bastante…

Por otro lado,  algunos se han referido al aspecto misantrópico [“misántropo”: persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano (RAE)] que rezuma, no solo esta película, sino gran parte de la producción de Cameron (en The Terminator, en Abyss o Alien, donde “el malo” es la humanidad). Pero, si de buscar las cosquillas se trata, también en Tarzán (1999) -sí, sí: la versión de Disney-, se respiraba esta misantropía : como si se tratara de una adaptación moderna de El libro de la selva (1967), al final, los buenos son los gorilas, y los malos, los humanos… ¿No será que los hombres tenemos eso que se llama “libertad”?

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“Amazing grace” (algo así como “borracho de gracia” o, como se traduce, “sublime gracia”) es el título de un himno -muy cantado sobretodo en el ámbito anglosajón-, escrito por John Newton, comerciante de esclavos famoso por su crueldad que acabó convirtiéndose al cristianismo y más tarde en pastor anglicano.

Del himno, toma también nombre esta película. Es lo que reza el póster: “detrás de la canción que amas, hay una historia que nunca olvidarás”. Una historia de fuerza y audacia; de cómo un solo hombre, William Wilberforce (1759-1833), parlamentario británico, entendió que Dios le pedía que luchara en la política para acabar eliminando el comercio de esclavos tan brutal en los países anglosajones. Y es que la trata de esclavos daba mucho dinero, por lo que una propuesta de este calado implicaba un gran cambio de mentalidad (y de bolsillos…)

Finalmente, no sin problemas -incluso de salud-, pasados más de 15 años de su primera propuesta Wilberforce consiguió que se aprobara la “ley abolicionista” que suponía el inicio del fin de la esclavitud en el mundo entero…

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