Dicen que la música es el arte más sublime; y uno, después de ver esta película no puede menos que corroborarlo. Él es un hombre que se fue a vivir a Dublín para estar con su padre quien, solo, regentaba un puesto donde arreglan aspiradoras. Además, en su tiempo libre va por Grafton Street, la calle peatonal más emblemática de esta ciudad, cantando y tocando su guitarra destartalada. Ella, inmigrante checa, una chica de en torno los veinte años que, con trabajos temporales, da de comer a su hija y a su madre… y a algunos vecinos que entran a su casa tan solo para ver “la única tele que hay en el vecindario”… Ella toca muy bien el piano –su padre le enseñó–, y todos los días, en una tienda de instrumentos musicales, puede satisfacer este su deseo durante una hora. La música hace que los dos vayan conociéndose y a través de las canciones van descubriendo –descubrimos– su alma. De hecho, toda la película gira en torno estas canciones…

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