Por un momento, imagínate que estás en la fiesta de una boda. Imagínate que estás bailando con tu hija, subido en un estrado; y como tú y tu hija, muchos más. Y que, justo al lado, tienes a una gorda -sí: una señora gorda- a la que también le gusta bailar pero que no controla demasiado sus movimientos y que, de repente, esa gorda -sí: esa señora gorda-, sin quererlo -ni se da cuenta-, te mete un viaje con todo su trasero y tú te caes estrado abajo, aterrizando con la parte del cuerpo donde la espalda pierde su dignidad. Ves las estrellas, así es. Y no solo eso. Imagínate que, no sabes cómo, ves a esa señora gorda -sí: la gorda-, por todos lados. En la oficina, por la calle, en tu casa…

Esto es lo que le pasa a Manolo. Su mujer no acaba de creerle; de hecho, se parte el bazo ante las ocurrencias de su marido. Pero, por si acaso, le dice que vaya al médico que le encarga un TAC. Y ahí, conocerá a Antonio, un chaval canario, muy descarado, hijo de madre soltera, que tiene un cáncer y sabe que va a morir. Lo que no sabe Manolo es que ese chico le va a cambiar la vida. Por completo: la suya y la de su familia.

Si cae en tus manos esta película -ahora en DVD-, por favor, toma asiento y descansa. Desternillante, es poco. Con un humor, sincero y sano. Paco Arango, el director, con esta simpática historia basada en hechos reales consigue algo nada fácil de hacer: hablar de un drama -la historia de un niño que se va a morir- de modo muy divertido. Pero sin ser superficial. Nada más lejos de la realidad: combina muy bien la lágrima y la sonrisa, tocando temas trascendentales para la vida como son la fe -¡en Dios, sí! ¿Por qué habrá tantos que le temen?-, la fidelidad, la amistad, la fraternidad, el perdón…, sin que chirríe ni suene a cosa artificial.
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El monolito es a 2001, a Space Odyssey (1968), lo que el árbol a The Tree of Life (2011). El árbol es símbolo de eternidad, y es símbolo de la vida; de la Vida, en mayúsculas, que de esto va la atrevida obra -¿”pictórica”, debería decir?- de Terrence Malikt Malick. De la vida y de la muerte: de por qué Dios permite el mal y cuál es el sentido de mi vida -la de cada uno y la del mismo director, que no en vano es su película más autobiográfica.

Recorriendo la historia de Jack (un increíble Hunter McCraken, de joven, y Sean Peann, adulto), conocemos la vida de una familia católica en el Texas de los años 50. Desde su seno materno hasta el ajetreo diario de un trabajo a veces inhumano rodeado de hombres “grises”, muy parecidos a los descritos por Michael Ende. En esta vida, Jack pasa por las distintas etapas de cualquiera: una infancia feliz, con unos padres idealizados y dos hermanos menores, con los que juega, se pelea, ríe y llora; y una adolescencia que le hace plantearse muchos interrogantes, e incluso enfrentarse a su padre despótico (Brad Pitt) -hasta el punto de desear su muerte-… o a Dios. En una vida donde lo ordinario es casi la única vía para encontrar respuestas y, ante la muerte, a los 19 años, de su segundo hermano las dudas de fe podrán acelerar algún cambio.

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¿Nos hemos olvidado de qué significa ser humano? Es una pregunta simple; llana. Y un reto: el que plantea este magnífico documental, que ha recibido grandes aplausos y aún sigue cosechando premios desde su nacimiento, en 2008. Y es que no es fácil ser positivo describiendo la maldad existente en el mundo: odio, guerra, oscuridad, matanzas… The Human Experience, lo consigue. Presenta la realidad, tal cual es: muy dura; pero después de verla sales con ganas de ser mejor. “Es algo en lo que todos pensamos; respuestas a las cuestiones más elementales de nuestra vida: ¿quién soy? ¿qué estoy haciendo con mi vida?”…

The Human Experience es la experiencia real vivida por dos hermanos de Brooklyn, Jeff y Cliff Azize. Procedentes de una familia desestructurada: apenas conocen a su madre, y su padre a menudo se emborrachaba y les maltrataba, sobretodo al pequeño, Jeff. Asqueados y, sobretodo, interrogados e intrigados por la vida que les rodea y lo que ven, deciden ir por el mundo para descubrir cuál es el sentido del dolor, de la muerte, de la vida… su vida. Estos deseos de felicidad les lleva a vivir tres experiencias totalmente distintas y distantes una de la otra.

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Un amigo, que posiblemente acabe siendo colaborador de este blog, me pasa la reseña de esta película que yo no he visto. La añado en este blog porque me parece una película interesante (por lo menos tal como la plantea él)… He leído que algunos la califican de globo (bonito por fuera, pero lleno de aire por dentro), pero pienso que quizá valga la pena tener en cuenta para un cinefórum…; aunque es verdad que lo del nihilismo -de ahí el nombre “Nobody”: nadie-, puede ser, como bien deja entender el escritor de la reseña, un poco desesperante.

Nemo Nobody tiene más de 100 años y es el último ser humano mortal en un mundo en el que la ciencia al fin ha alcanzado a dar al hombre la inmortalidad. Nobody, en sus últimos días, hace un repaso de su vida, pero con una peculiaridad… No repasa su vida, sino sus vidas posibles. Ha vivido todas esas vidas y ninguna a la vez.

Interesante película que juega con esa resabida pregunta que todos alguna vez hemos oído en nuestras cabezas:  “¿Y si…?”. ¿Y si me hubiera callado? ¿Y si hubiera dicho sí? ¿Y si hubiera dicho no? ¿Y si hubiera escogido esto? ¿Y si hubiera escogido lo otro?

El espectador que no está enterado de este detalle se enfrenta a unos minutos de desconcierto cuando empieza la película, pero es que ésa es su intención. Al cabo de un rato, sin embargo, somos introducidos con fuerza de lleno en una historia de amor, lágrimas y decisiones complicadas.

La película sabe golpear al espectador con imágenes que le hacen poner en funcionamiento los engranajes del cerebro, y encaja a la perfección el debate espacio-tiempo, componiéndose como un elemento más de la trama.

Los actores saben mantenerse al nivel de sus personajes. Tal vez no destacan por sus interpretaciones, pero se nota que hay trabajo detrás. A mí, personalmente, me convence mucho el actor que interpreta al protagonista principal, Jared Leto, aunque tal vez se deba a su papel en Requiem for a dream (2000), una película puede que comente más adelante.

Las vidas posibles de Mr. Nobody sorprende, es gustosa a la vista y puede dar fruto a reflexiones existenciales, aunque no parece ser ése su propósito. De todos modos, a mí me irrita un poco el punto nihilista que toma hacia el final, aunque también puede llevar a uno a reflexionar.

Bastaría que una sola de las variables que a lo largo de la historia determinaban mi existencia para que yo no estuviera escribiendo esta crítica. Tenemos más posibilidades de no existir que de existir. Y, aún así, existimos. Eso, a los personajes de la película no, pero a mí al menos me da qué pensar…

(vía Apolión)

No en vano, detrás se ve un cuadro de la Pasión

Es muy fácil hacer generalidades, y el cine se presta bastante a ello: “el mundo, cinematográficamente hablando, se divide en dos: Hollywod y el resto”. Algo muy manido, pero por desgracia -a veces sin darnos cuenta-, está en boca de muchos. De hecho, “el resto” es muy grande y, a menudo, muy diverso. Ni mejor, ni peor: de todo hay en la viña del Señor… Tanto americano,  como europeo o asiático. El problema es que ese cine suele quedarse “en casa”.

No obstante algunos países como Francia -muy recelosa de lo suyo-, han sabido exportar obras cinematográficas de las buenas allende sus fronteras. Hace tres años el país galo lo hizo con la comedia Bienvenidos al norte (tanto gustó, que se acaba de estrenar un remake a la italiana), y hoy lo hace esta gran película coral, De dioses y hombres, dirigida por Xavier Beauvois.

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… o cuando la muerte nos hace valorar el ir en bicicleta.

Hay muchos modos de vivir para siempre. Uno de ellos es convertirse en vampiro, y ya está. Otro es escribiendo una obra… Esto es lo que decide hacer Sam (Robbie Kay), y su mejor amigo, el gruñón pero entrañable Félix (Alex Etel) -que prefiere la opción vampiresca-, está dispuesto a lo que sea para que Sam pueda cumplir su lista de deseos antes de morir… Y es que así son las cosas: los dos protagonistas de Way to live forever, niños de 12 y 14 años respectivamente,  están enfermos de leucemia y son perfectamente conscientes de que les queda poco tiempo de vida y tienen que aprovecharla al máximo.

Ésta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida; “sobre las ganas de vivir que tiene un niño de 12 años”, dice Gustavo Ron, guionista y director de la película. Pero es una historia que habla de la muerte, haciéndolo desde la atrevida perspectiva de un cuento. Sam es un niño muy vivo –despierto– que no está dispuesto a aceptar las respuestas simples que su amigo Félix da a los interrogantes que “los mayores no se atreven hacer”. No entiende por qué las cosas son como son y, sobre todo, por qué tiene que morir un niño de 12 años, pero lo acepta. Lo acepta y lucha para que su familia –sus padres y hermana– sufra lo menos posible a causa de su enfermedad… y de su muerte. Si puede, haciendo que todo sea como un juego. Quizá sea, también, esta sencillez o ternura la que enamore a Félix y le lleve a intentar buscarle la felicidad, aunque fuera robar un pedacito de cielo.

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Clive Staples Lewis (1898 – 1963) es hoy muy conocido por sus Crónicas de Narnia y la adaptación cinematográfica. Tierras de Penumbra se enmarca después de la saga del león Aslan. Ahí se habla de un armario lleno de magia; una magia que sólo descubren los niños… o los que saben ser como ellos.

Lewis, cristiano converso del agnosticismo, es un gran maestro de Oxford. Vive con su hermano –soltero como él– y su vida transcurre plácidamente pasando de la universidad a su casa y de sus clases al estilo clásico de Oxford (grupos reducidos), a las aburridas, jocosas y también pedantes charlas con sus colegas. Una vida tranquila, donde lo único que realmente importa es saber mucho y procurar tener todas la respuestas preparadas para cualquier situación y así poder discutir sabiéndose siempre victorioso. Nadie es capaz de oponerse al razonamiento de este gran profesor inglés y todo el mundo le escucha con gusto. Su arte retórica encandila a cualquiera y tiene un gran discurso para explicar el sentido del dolor: “El dolor es como el cincel con el que Dios va haciendo su escultura y habla en un mundo de sordos”, dice. Pero C.S. Lewis -a quien todos le conocen por Jack- es un teórico: aunque esté convencido de que Dios nos crea por amor y de que el dolor es curación, tendrá que conocer a Joy Gresham -escritora judía americana, también conversa al cristianismo, y fan incondiconal de Lewis-, para darse cuenta de que le falta algo mucho más importante: la experiencia. La experiencia de pasar por un enamoramiento y por la cruda realidad de la muerte del ser más querido.

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