A estas alturas, es muy difícil (por no decir imposible) ver una película de Clint Eastwood y no quitarse el sombrero: chapeau! Desde Mystic River (2003) no ha dejado de ofrecernos grandes obras maestras. ¡Y van seis! Este año han sido El Intercambio, primero, y Gran Torino –la que ha dicho es su última interpretación– después. Chapeau! Y es que, pienso no quemarme si lo digo, Eastwood es hoy el mejor director de cine de Hollywood. Un llanero del western que a sus recién cumplidos 79 años muestra una madurez mucho superior a otros grandes de la Meca del Cine y que sabe usar su cine para explicar lo que a él le preocupa o tiene en la cabeza.

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Realmente esta es una película extraña. Como le gustan a Tim Burton. Es extraña y, desagradable de ver para una persona más o menos normal. Cada vez que Todd corta el pescuezo de alguien duele a uno mismo. Y hay sangre a manta. De hecho, la película está ambientada en la época de Jack el destripador y este barbero parece otro destripador.

No obstante, la película no es realista. Me explico: los disparos que hace John Rambo en su última película, a pesar de ser muy exagerados, son mucho más realistas, que la sangre a borbotones de los pobres clientes de Sweeney Todd. Quizá sea porque nos es mucho más cercano -tristemente cercano- una historia de guerras contra milicias enmedio de una selva, que una historia de alguien loco cuya única ambición es acabar con un juez.

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