… o cuando la muerte nos hace valorar el ir en bicicleta.

Hay muchos modos de vivir para siempre. Uno de ellos es convertirse en vampiro, y ya está. Otro es escribiendo una obra… Esto es lo que decide hacer Sam (Robbie Kay), y su mejor amigo, el gruñón pero entrañable Félix (Alex Etel) -que prefiere la opción vampiresca-, está dispuesto a lo que sea para que Sam pueda cumplir su lista de deseos antes de morir… Y es que así son las cosas: los dos protagonistas de Way to live forever, niños de 12 y 14 años respectivamente,  están enfermos de leucemia y son perfectamente conscientes de que les queda poco tiempo de vida y tienen que aprovecharla al máximo.

Ésta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida; “sobre las ganas de vivir que tiene un niño de 12 años”, dice Gustavo Ron, guionista y director de la película. Pero es una historia que habla de la muerte, haciéndolo desde la atrevida perspectiva de un cuento. Sam es un niño muy vivo –despierto– que no está dispuesto a aceptar las respuestas simples que su amigo Félix da a los interrogantes que “los mayores no se atreven hacer”. No entiende por qué las cosas son como son y, sobre todo, por qué tiene que morir un niño de 12 años, pero lo acepta. Lo acepta y lucha para que su familia –sus padres y hermana– sufra lo menos posible a causa de su enfermedad… y de su muerte. Si puede, haciendo que todo sea como un juego. Quizá sea, también, esta sencillez o ternura la que enamore a Félix y le lleve a intentar buscarle la felicidad, aunque fuera robar un pedacito de cielo.

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Clive Staples Lewis (1898 – 1963) es hoy muy conocido por sus Crónicas de Narnia y la adaptación cinematográfica. Tierras de Penumbra se enmarca después de la saga del león Aslan. Ahí se habla de un armario lleno de magia; una magia que sólo descubren los niños… o los que saben ser como ellos.

Lewis, cristiano converso del agnosticismo, es un gran maestro de Oxford. Vive con su hermano –soltero como él– y su vida transcurre plácidamente pasando de la universidad a su casa y de sus clases al estilo clásico de Oxford (grupos reducidos), a las aburridas, jocosas y también pedantes charlas con sus colegas. Una vida tranquila, donde lo único que realmente importa es saber mucho y procurar tener todas la respuestas preparadas para cualquier situación y así poder discutir sabiéndose siempre victorioso. Nadie es capaz de oponerse al razonamiento de este gran profesor inglés y todo el mundo le escucha con gusto. Su arte retórica encandila a cualquiera y tiene un gran discurso para explicar el sentido del dolor: “El dolor es como el cincel con el que Dios va haciendo su escultura y habla en un mundo de sordos”, dice. Pero C.S. Lewis -a quien todos le conocen por Jack- es un teórico: aunque esté convencido de que Dios nos crea por amor y de que el dolor es curación, tendrá que conocer a Joy Gresham -escritora judía americana, también conversa al cristianismo, y fan incondiconal de Lewis-, para darse cuenta de que le falta algo mucho más importante: la experiencia. La experiencia de pasar por un enamoramiento y por la cruda realidad de la muerte del ser más querido.

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